Jorge Eduardo Benavides, que se encarga del blog “Consignas para escritores” con la inestimable ayuda de Eva Valeije, impartirá un taller de escritura creativa en Valencia.
El mismo se celebrará del 7 al 11 de Septiembre de 2009, de 19.30 a 21.30 horas todos los días en las instalaciones de Fundación Cultural Carolina Torres.
C/ Rugat, 10 – 46021 Valencia – España
Tel: (+34) 96 378 57 94 – Fax: (+34) 96 336 07 49
www.carolinatorres.org – email: fundacion@carolinatorres.org

El precio por persona es de 190€ y hay un máximo de 15 plazas, así que los y las interesadas daos prisa en formalizar vuestra inscripción, aunque quede mucho tiempo.

Hace unos meses, Jorge y Eva tuvieron la generosidad de reunirnos en una jornada festiva y mágica en la que transformaron a conocid@s virtuales en amig@s reales… La sesión de taller en sí fue muy intensa y, aunque breve, desgranó los aspectos más básicos de todo narrador… y tod@s quedamos con ganas de más!
Ahora, gracias al esfuerzo de José Luis, uno de esos participantes, disfrutaremos de un taller semanal que os recomiendo por experiencia propia.

Me ha encantado esta entrevista a Siri Hustvedt que publicó el fin de semana pasado el magazine. El titular me ha dejado un poco preocupada… pero no deja de ser cierto: todos tenemos algo que nos remueve y también cosas que necesitamos contar, ocultar o reinventar.

No la conocía y no he leído nada suyo, aunque ahora me he quedado con ganas de hacerlo. Los títulos que aparecen en este artículo son: “Elegía para un americano” (Anagrama, 2009) y “Todo cuanto amé”, que publicó hace unos años. Buscaré alguno y ya comentaré.

la vida… y borges

Febrero 17, 2009

Revolviendo papeles acabo de encontrar este texto de Borges. Alguien desconocido un día me lo “regaló” y cada vez que lo recuerdo agradezco al cielo (porque no recuerdo el nombre de esa chica que me lo envió por mail) haberlo leído. No me resisto a compartirlo.

Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma, y uno aprende que el amor no significa acostarse y una compañía no significa seguridad y uno empieza a aprender… Que los besos no son contratos y los regalos no son promesas y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes… Y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad. Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado, hasta el calorcito del sol quema. Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar que alguien le traiga flores. Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale, y uno aprende y aprende… Y con cada día uno aprende.

Jorge Luis Borges.

javier reverte en el palau

Febrero 6, 2009

en el taller de escritura de el país, una compañera comentó que hacen conferencias en el palau sobre literatura.
http://www.palaudevalencia.com/ciclos1.php?ID=33

la próxima es el día 10 de febrero, a las 20 horas, en la sala martín y soler.
conferencia “escribir, una forma de viajar”, de javier reverte.

el momento

Febrero 5, 2009

Fue tan solo un momento, un instante breve… y Sergio se atrevió. Sus dedos rozaron el rostro distraído de Sandra y una sonrisa azorada cruzó su mirada. El calor de su mejilla le dio el valor que necesitaba. Respiró hondo y cogió la barbilla de ella. Los dos avanzaron sus labios.

a los sesenta…

Febrero 1, 2009

Cuando recién cumplí las primeras horas de casado fui consciente de dónde me había metido. Sin pensarlo, estaba casado con una mujer estupenda y yo sólo deseaba desaparecer. La tapadera, que me había parecido tan buena idea, se había transformado en una losa que me enterraba. La sensación de ahogo fue en aumento y acabé enfermando, así que suspendimos el viaje de novios. Mi mujer se desvivía en atenciones, pendiente de mí, lo que agravaba mi mal. Aproveché para refugiarme en la cama y la fiebre me ayudó a no dar explicaciones. En mis delirios de esas primeras noches, soñé una y otra vez con mis compañeros de infancia.

Crecí en un internado y casi 50 chicos dormíamos en el mismo cuarto. Dicen que las amistades de los primeros años son las más intensas… y es cierto. En la litera contigua mi amigo Juan, que se quedó a trabajar en Toledo y de allí marchó, años después, a Madrid. No se casó y vivió la vida que yo no me atreví. Al otro lado, Mariano, que era un año mayor que yo pero repitió un curso. Se hizo policía nacional y sacó destino en País Vasco… cinco años después decidió dejarlo, se volvió al pueblo y se casó. Paco era mi mejor amigo pero no lo sabía todo de mí. Y el que invade una y otra vez mis sueños es Juan…

En cuanto caía en duermevela, me rodeaba con sus brazos y le oía susurrarme “pobrecito, mi amor, pobrecito… yo te cuidaré…”, acariciaba mi cabeza y me besaba la frente. Abría los ojos y allí estaba Luisa, comprobando mi temperatura con ternura. Yo volvía a cerrar los ojos, tratando inútilmente de reencontrar a Juan. Cansado de verlo desaparecer, decidí levantarme e ir a buscarlo.

A los sesenta, las cosas ya no son tan complicadas. Estoy viudo y mis hijos ya son mayores, así que cada uno hace su vida y nos vemos poco. Yo he empezado a viajar mucho y me reúno con Juan cada varias semanas y, a veces, viajamos juntos. Él también vive solo. Tuvo una relación de casi 15 años, hasta que un día se dio cuenta de que ya no amaba a Luis. Entonces rompió con él y cambió de casa.

una vieja postal

Enero 26, 2009

Miguel firmó la prejubilación hace unos meses pero continúa yendo a la universidad cada día. Ha hecho de la biblioteca su despacho y de sala de reuniones utiliza la cafetería. Allí le visitan antiguos alumnos y compañeros mientras él revisa una fórmula de cálculo que empezó en su doctorado.

Una tarde, a última hora, está apurando una cerveza en el bar y la chica de la barra le invita a marcharse. En la mesa contigua, una estudiante teclea absorta en su portátil. El pelo muy corto y un pañuelo de seda alrededor del cuello. La camarera repite “señorita” varias veces pero ella no reacciona hasta que le golpea suavemente en el hombro. La joven sonríe azorada y se disculpa. El profesor también sonríe, sorprendido por su concentración.

Unos días después, al llegar a la biblioteca encuentra ocupado el lugar en que suele sentarse. Sobre la mesa, una nota escrita a mano y un pañuelo de seda. Se sienta en el casillero de la derecha y espera, intrigado, a ver quién llega. Dos horas después aún no ha aparecido nadie. Se excusa a sí mismo diciendo que es la hora del café y, ya que pasa, mira de reojo la nota. Letra menuda y picuda, como la suya, sello y matasellos: una postal vieja. Acerca la mano lentamente al tiempo que mira alrededor, y da la vuelta a la postal: la biblioteca de Alejandría. Recuerda un viaje de estudios, casi 30 años atrás y amaga una sonrisa, aunque deja el gesto a medias. Él había enviado una postal como aquélla…

Vence el pudor que le produce leer un texto que no se dirige a él y gira la tarjeta: “Biblioteca de Alejandría, 1 de abril de 1971″. Sus labios forman un “oh” mudo… Al final del texto, una firma conocida: Miguel, y una simple línea bajo el nombre.

El perdedor

Enero 17, 2009

Si hoy no volviera a salir el sol

Si el cielo dejara de ser azul

Si a este vaso aún le quedara un trago

Yo seguiría siendo el mismo

El mismo retrato de dolor y llanto

Que juega a esconder las heridas

Cuando me acuerdo de ti.

 

Si fueras la primera

Te diría que te fueras

Pero cuando los huesos empiezan a doler

Y las arrugas juegan con tu piel

Despertar sólo es una condena

No te mentiré

A mis espaldas sólo he dejado

Un reguero de soledad

Cuando estoy sereno me digo

Que soy incapaz de amar

 

Nena, aquí estoy con todo lo que soy

Despojado de mentiras o cuentos de hadas

Úsame hasta que te canses

Hasta que ya no quede nada de mí

Y después no mires atrás

 

Sabes, tuve una hija

Una hija a la que no veo

Me borré del mapa

Cuando era todo su mundo

Salí para no volver

Porque siempre quise volar

Y pensaba que cuatro paredes

Bien podían ser una cárcel

Ahora su odio, su ausencia

Es lo único que se enrosca en mis entrañas

Es lo único que las lágrimas

Ya no pueden arrastrar

 

Hace frío, lo sé

Me quedaré en la puerta cuando te vayas

Mirando lo que te lleves

Anhelando lo que podría tener

Aún es pronto,  espera un poco

La noche seguirá ahí fuera

Cuando te suplique una vez más

Es la última vez que divago

La última vez que reconozco

Que soy un perdedor

 

Nena, aquí estoy con todo lo que soy

Despojado de mentiras o cuentos de hadas

Úsame hasta que te canses

Hasta que ya no quede nada de mí

Y después no mires atrás

Agonía del perdón

Noviembre 28, 2008

      – ¿Aburrida? – aquella morena de escándalo miraba a unos tipos que jugaban al billar, con el peligro escrito en los ojos y la condena grabada en su escote.

- Bueno – se dejó querer.

- ¿Puedo invitarte? – esa noche no habrían desafíos perdidos.

- ¿Sabes dónde te metes? – pareció darle una oportunidad.

- No – Hugo le sonrió insolente.

- Jack Daniels – aceptó encantada por su insensatez.

- Chica dura – le clavó una mirada felina.

- ¿Qué haces tío? – uno de los que jugaba la billar se acercó a la barra, con sus amigos a la espalda.

- Hablando, ¿no lo ves? – le ninguneó dándole la espalda y centrándose en ella.

- Dirás…, – le tiró del hombro para que le mirara – hablando con mi chica – quiso marcar el territorio.

- Como tú quieras, ¿pero te importa dejarnos? – aquella noche estaba claro que lo que Hugo buscaba no era sexo. Ella miraba expectante, rociada de miedo y excitación.

- No sabes donde te has metido – le escupió el fulano.

 

 

- ¿Quién es? – tras hacer caso omiso a dos llamadas, Elena sintió curiosidad, al reconocer en su móvil la melodía de un mensaje. “Estoy mal. Donde nosotros. Te necesito”. Le sorprendió que fuera él. Le sorprendió que escribiera todo, sin escamotear ninguna letra.  - ¿Es él?- Víctor le reconoció en el gesto de Elena.

- Sí – contestó como quién está a punto de decir algo que no va a sentar bien a quién lo escucha.

- Son las tres de la madrugada. ¿Qué quiere? – su nombre seguía escociéndole en el orgullo.

-  Quedar – si se había atrevido a decirlo, se atrevería a acudir a la cita.

- ¿Ahora? ¿Dónde? ¿No pensarás ir? – sentía que Elena se le desvanecía de las manos con sólo pensar en su nombre.

- Tengo que ir – empezó a vestirse.

- ¿Hasta cuando? – intentaba contener los celos.

- No empieces, por favor – aquella conversación ya la habían tenido infinidad de veces y nunca podría explicarle que cuando ella amaba a alguien, lo amaba para siempre.

- Te acompaño – comprendió que era una guerra perdida -. No voy a dejar que vayas sola a estas horas.

- Está bien – agradeció su ofrecimiento. Al fin y al cabo, hubo un tiempo en el que ellos fueron amigos.

“Donde nosotros”, había escrito. El parque permanecía perenne, con todos los recuerdos y descubrimientos que compartieron en su día. El primer paseo, el primer beso, el primer te quiero y cada de una de las lágrimas y risas derrochadas y ancladas como raíces a la tierra. Lo encontró en el árbol en el grabaron sus nombres, hacía ya casi diez años. Estaba sentado, apoyando la espalda en el tronco. Su cara y sus ropas estaban ensangrentadas. Víctor permaneció a unos metros, a la espera de que le invitaran a aquella complicidad secreta que tanto le costaba admitir.

- Has venido – su rostro a duras penas consiguió dibujar una sonrisa.

- ¿Qué ha pasado Hugo? – rompió la barrera física inicial e intentó limpiarle algo de sangre con un kleenex.

- Aún no te había pedido perdón – la desarmó a bocajarro, mostrándose vulnerable como un niño. Aquella era una conversación colgada en la lista de las cuentas pendientes, de toda gran historia de amor imposible.

Hacía tres años que habían emprendido caminos separados. Él se alejó de ella, hasta que Elena ya no pudo seguirle, creyendo que podría ser tan frío como para olvidarla sin más. No contó con que el hielo, también puede quemar.

- Ahora no – le había pillado por sorpresa – ¿Puedes andar? Debemos ir a un hospital – quiso reconducir la conversación.

- Desde que me fui, dejé de tener un lugar al que volver – el dolor físico no mitigaba el eco de sus miedos. Era la tercera pelea del mes, y más que purgar sus pecados esperaba perder en cada golpe, hasta el último gramo de la soledad que le hería por dentro -. Te dejé porque yo no podía hacerte feliz – el insistir en hurgar en aquella herida, hizo que a Elena se le suicidara una lágrima -. Me alegro de lo vuestro – le confesó entre susurros, sin que Víctor le oyera. A pesar de lo ocurrido, y aunque no dijera demasiado de él, era su mejor amigo, su único amigo, aquel que ahora vivía la vida que a él le hubiera gustado vivir -. Es así como debía ser.

- Víctor, ayúdame por favor – le llamó, sin que pudiera adivinar si lo hizo para que le ayudara a levantarlo, o para que la rescatara de aquel embrujo magnético que aquel hombre cosido a golpes y lejanía seguía desprendiendo.

huesos de aguacate

Noviembre 26, 2008

De pequeña me hacía ilusión que en casa compraran aguacates. No me gustaba cómo sabían. Mi única ambición era conseguir el hueso que encerraban. El iaio me decía que los huesos de aguacate eran mágicos y que podías enterrar con cada tres uno de tus deseos. Cuando la semilla germinaba, el sueño se cumplía. Cada vez que conseguía un hueso, lo guardaba en mi bolsillo y lo tocaba cada poco. Cuando tenía tres, el iaio hacía un pequeño hoyo con sus manos en la tierra y yo dejaba caer los huesos dentro y un papelito con mi deseo. Cada día, yo regaba la maceta con mucha agua. Al poco tiempo, el iaio me enseñaba cuánto había crecido mi plantita. Eso sí, ahora juraría que cada vez las hojas eran diferentes.