llueve
Agosto 19, 2008
“Asunto: llueve
De: la.bruja.piruja@modelomail.com
Enviado: jueves, 24 de abril de 2008 20:57:08
Para: bz.zb@modelomail.com
Llueve. Y pienso en ti. No debería, lo sé, o, al menos, no así. Pero, en noches como ésta, con el mundo llorando en mi ventana, no puedo sino echarte de menos. Extraño tu voz, arropada por el tintineo del agua. También tu contacto cálido y el vaho en el cristal cuando hablabas a la oscuridad… ¿Llueve hoy en Bilbao? ¿Huele, como aquí, a tierra mojada? Te imagino refugiándote en los soportales, en los arcos y puentes de camino a casa, sin paraguas pero con tu capucha… Aún guardo la sudadera que te dejaste. Ya no tiene tu olor pero sigue siendo tuya. Intenté devolvértela. Una vez, incluso, llegué casi a enviarla pero me arrepentí en la puerta de correos y volví a casa, paquete en mano. Estuvo tiempo y tiempo en esa misma caja hasta que un día como hoy, en que tu ausencia me dolía demasiado, abrí la caja y robé tu abrazo. En ese momento supe que no te la devolvería nunca. Aquí sigue. Lástima que sólo sea una prenda y no tú quien me acompañe… Me conformaría con saber que, de tanto en tanto, me recuerdas y sonríes, incluso que llegas a echarme de menos, aunque sea un poco, y que en algún momento de estos largos años has sentido la necesidad de oír mi voz, de verme o saber de mí… Es demasiado pedir, lo sé. Sólo me queda soñar en el papel mientras dura la lluvia. Pero no me conformo. Quiero que vuelvas a saber qué sueño, qué pienso, qué siento… y que me dejes saberlo de ti. No me cansaré de intentarlo. Alicia.”
Borja acabó de leer el mensaje en la pantalla casi sin resuello. Inspiró profundamente y suspiró. Se echó hacia atrás en la silla y encendió un cigarro. Lo dejó en el cenicero después de un par de caladas y apagó la música que salía del ordenador. Sólo entonces volvió a leer el mensaje y le dio a responder. Pasó la mano por su pelo mojado al tiempo que se levantaba. La secó en el pantalón del chándal, antes de abrir su mochila y sacar la libreta que siempre llevaba encima. Buscó la última página escrita, la dejó sobre la mesa y se puso a teclear.
“Asunto: Re: llueve
De: bz.zb@modelomail.com
Enviado: jueves, 24 de abril de 2008 21:47:23
Para: la.bruja.piruja@modelomail.com
Transcribo a continuación las últimas palabras de mi cuaderno.
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¡Estoy empapado! Menos mal que no estás aquí porque si no seguiría todavía bajo la lluvia… Miento. Y es absurdo mentirme a mí mismo. Preferiría millones de veces estar aún mojándome contigo que solo en este café. No he conocido a nadie más que adore tanto la lluvia… Ya, ya sé que es absurdo ponerme a escribir en este cuaderno en lugar de tratar de llegar hasta ti pero ha pasado demasiado tiempo. Pero no puedo evitar recordarte… sobre todo cuando llueve como ahora, sin tregua, y sólo tengo un papel. Necesito un respiro para olvidarte pero no lo consigo… Pasearé de nuevo hasta el mar, como tantas veces hicimos. Lluvia y mar, todo agua, tan igual y tan distinta a la vez, como nosotros.
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Esto tiene que ser el comienzo de algo, al menos un reencuentro. No perdamos el contacto, por favor. Borja.”
Y antes de tener tiempo de arrepentirse, apretó el botón de enviar.
taller de escritura on-line
Agosto 15, 2008
Cotilleando entre los blogs de El País he encontrado uno llamado “Consignas para escritores”. Lo escribe Jorge Eduardo Benavides e incluye un taller de escritura on-line, que regresará en septiembre, pero las lecciones anteriores también se pueden consultar.
He estado mirándolo por encima y me parece que se pueden aprender muchas cosas de lo que escribe. También hay ejemplos prácticos de los textos que han enviado los participantes en el taller durante el curso pasado.
organización
Agosto 14, 2008
- La nevera, mejor abierta mientras bebes, porque es sólo un segundo.
- Y el agua, directamente de la botella.
- El brick de leche en la puerta, a la derecha.
- Pues el tomate arriba.
- ¿Al lado de la mermelada?
- Sí.
- ¿Y la mantequilla?
- En la mantequillera, claro. Esa bandeja con tapa de vaca que no sabías para qué era.
- ¡Todo lo que tienes es de vaca! ¡Hasta la tostadora!
- Por lo menos es original… si fuera por ti todo sería regalo de los yogures.
- Y del banco, que te daba una vajilla estupenda.
- Va, seguimos. Los vasos en la balda de bajo.
- No, ahí las tazas y los vasos arriba.
- Pero gastas más los vasos, así que las tazas arriba.
- Yo bebo en taza, así que abajo.
- Yo vaso y tú taza: ¿arriba o abajo?
- ¡Qué tonta!
- ¿Arriba o abajo?
Risas y besos.
Escribir
Agosto 5, 2008
“La única forma de conocer realmente a un escritor es a través del rastro de tinta que va dejando. La persona que uno cree ver no es más que un personaje hueco. La verdad se esconde siempre en la ficción”.
“Toda mi vida había sentido que las páginas que iba dejando a mi paso eran parte de mí. La gente normal trae hijos al mundo; los novelistas traemos libros”.
“No había nada en aquellas páginas que mereciesen otra cosa que el fuego y, sin embargo, no dejaban de ser sangre de mi sangre y no tenía el coraje de destruirlas”.
El juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón
juanín
Agosto 5, 2008
Una mañana como otra cualquiera. Me siento a esperar el autobús y mientras enciendo el ipod, paseo la mirada por la calle y me detengo, como tantos otros, en la obra de la acera de enfrente. Hay dos chicos trabajando. Uno de ellos se incorpora y queda plantado de cara a mí. “Juan”, le llama el otro. Le miro la cara y en un segundo dejo de ser la profesional preparada, segura y competente que ha aprendido a quererse. Juanín, el chulo, vuelve a tener frente a él a la adolescente insegura, flaca y sin tetas, blanco de sus burlas. Han pasado casi 20 años pero sigo sintiéndome expuesta como entonces, aunque ahora soy algo más segura, con más curvas y me he reconciliado con mi anatomía. O, al menos, eso creía yo antes de verle. Él también me ve y me mira. Unos segundos más de lo habitual delatan su reconocimiento. Aparto la vista de sus ojos cuando la suya ya bajaba por mi cuerpo. Ninguno de los dos dice nada pero él saca pecho y se arregla el pantalón antes de seguir trabajando.
reencuentro
Julio 21, 2008
Una sonrisa se asoma a su rostro y un brillo de antaño ilumina de nuevo sus ojos. A una indicación torpe sigue un sentarse precipitado, debatiéndose entre la timidez y la sorpresa. Un roce involuntario desencadena una descarga que recorre su espalda y una risa nerviosa trata de rebajar la tensión del ambiente.
Por fin, se apagan las luces y una conversación que no saben por dónde comenzar queda aplazada hasta el fin de los créditos. No gozan moverse ni un segundo antes de que se enciendan las luces del local, e incluso entonces parecen pegados a los asientos. Pero una vez iluminada la sala ya no tienen escapatoria.
-¿Qué vas a hacer ahora?-, se lanza ella.
-No se… debería de ir a descansar, pero nunca he sido demasiado sensato… ¿Te apetece tomar algo?
Y todavía con la saliva pasando con dificultad por su garganta, se sientan en una terraza. De nuevo la película les salva de hablar de lo que han sido sus vidas en esos años sin verse pero, poco a poco, la curiosidad vence al miedo y se ponen al día, casi al mismo tiempo que nace uno nuevo.
-Te llevo a casa, venga… - y tan despacio como les es posible, se encaminan hacia el coche.
Una vez en la calle de ella, una incoherente despedida que insiste en volver a verse brota de sus labios y abandona precipitadamente el coche. Busca las llaves, abre la puerta y, aunque sabe que él aún está esperando, entra sin decir nada. Una vez en el portal, para en seco y trata de calmar su corazón, sin dar la luz. “¿Por qué no le he besado?”, piensa.
Él continúa aparcado ante el portal de su casa, sin decidirse a poner el coche en marcha. “¿Por qué no la he besado?”, se pregunta. Está esperando que ella encienda la luz. Una parte de sí confía en verla salir del patio y acercarse al cristal de la ventanilla… pero no sale. De repente, abandona la esperanza y, de un modo precipitado, arranca.
Ella sale a la calle pero sólo acierta a ver las luces de su coche, al final de la calle.
pablo
Julio 12, 2008
Pablo está nervioso. Hace ya un tiempo que se siente perdido. Duerme mal, a ratos, y durante el día no se concentra en nada. Siente un vacío que no sabe cómo llenar. Sólo le queda una cosa por probar.
El calor aún aprieta, aunque la tarde empieza a caer. Mira el reloj. Ha llegado un poco antes de la hora. Al entrar nota el frescor del local y una sensación de paz le invade. El silencio, lejos de incomodarle, le hace sentirse aliviado. Se sienta al fondo, de manera que controla la puerta. En ese momento, entra un hombre alto, serio y bien parecido. Se dirige al pasillo lateral, dejando la puerta entreabierta tras de sí.
Pablo cuenta hasta tres en voz baja y se santigua. Se encamina tras los pasos del desconocido y empuja la puerta. El hombre está sentado en un taburete, pensativo, con la cabeza gacha. Se arrodilla ante él.
- Ave María Purísima.
- Sin pecado concebida.
Anécdota médica
Julio 10, 2008
Un buen compañero. No diré amigo, porque aún no hemos pasado el desierto de la ausencia y de las lágrimas. Me sorprenden esta mañana cuando me dicen que se ha tenido que ir al hospital. Al parecer, mientras hay personas que se cortan con el filo de un folio y se piden una baja de semanas, aquí, el machote, llevaba tres días con unos dolores de vientre y cabeza, de esos de coge ese martillo y golpéame con todas tus fuerzas, aderezados en las últimas 24 horas, con la aparición de sangre en la orina. Así es que por lo visto, moribundo y obligado, le acompañan al hospital. Quede claro, que he usado por dos veces la palabra hospital, a secas, porque acompañarla de la palabra Urgencias, cuando le han tenido de 9:00 a 16:00 para decirle que hay que esperar a que tire la dichosa piedra del riñón, me parece insultante.
El caso es que hablo con él esta tarde para ver como le había ido y me comenta que ha consumido con gusto la parte de su nómina que va para la Seguridad Social, ya que le han hecho un montón de pruebas. No es por nada, pero sin ser médico ni pitoniso, y teniendo sólo un poco de cultura médica tradicional, lo de sangrar en la orina, a mí ya me olía a la jodida piedrecita.
Entre otras cosas y por destacar la única que realmente interesa, me dice que le han hecho un tacto rectal. Yo, dada la situación de convalecencia de mi compañero y aún a riesgo de envenenarme con mi propio sarcasmo no satisfecho, intento obviar que hace unas semanas y sin estar bajo los efectos de alcohol o droga alguna, mi compañero había puesto en venta su puerta trasera por unos míseros 3000 euros. Pero claro, cuando hay cierta confianza entre hombres, se sabe de sobra que desnudos todos somos iguales y humildemente, mi compañero sacia mis ganas de ironizar sobre el tema y me dice que el fulano no sólo no ha negociado un precio, sino que se ha tomado la libertad de decirle que tenía el esfínter tenso. No sé que esperaba aquel tipo, pero como médico, me preocuparía si le metiera el dedo por el ano a un varón y lo encontrara relajado. Entre risas, le digo que quizá debía haberle pedido alguna caricia o palabra bonita, para que la cosa lubricara en un ambiente más cálido. Y es que, a pesar de lo que digan algunas, no todos los hombres somos iguales.
Todo queda en nada. Recupérate. Nos vemos en las trincheras.
julia
Julio 7, 2008
Julia se plantó ante el armario, abrió los cajones y sacó ropa limpia. Paseó su mirada por la habitación y miró al frío de la calle desde el cristal del balcón. Allí, enfrente, descubrió a su vecino y se quedó observándolo. Aquel chico, visto en su habitación, parecía un joven más, cansado de la vida diaria, aburrido de todo.
Nada más sonar su despertador, destapó su cuerpo descamisado y se tumbó boca arriba con los ojos abiertos. Un día más. Después de unos minutos, en los que la respiración de Julia se agitó excesivamente, se incorporó en la cama e, instintivamente, fue a la búsqueda de sus vaqueros. Sacó una camiseta limpia de un cajón y se la puso mientras se acercaba al balcón. Aún no había acabado de ponérsela cuando vio a una chica mirándolo, le sonrió y bajó suavemente la camiseta hasta meterla dentro de sus vaqueros y abrochárselos. Inmediatamente, se calzó sus botas y, cogiendo su cazadora de cuero negro, salió de la habitación, no sin antes cepillar su corta melena y dirigir una última mirada de despedida a la vecina.
Julia alzó un poco su mano a modo de saludo. Escuchó el golpe seco y firme de la puerta al ser cerrada y no pudo evitar una tierna sonrisa pensando en lo que acababa de suceder. Ya en la calle, se dedicaron una última mirada y ella se vistió.
Una sirena a lo lejos
Julio 6, 2008
Perdido en otro atasco a las 14,30 de cualquier viernes, de cualquier año en verano. Allí estoy yo con otros cientos, o miles, de condenados al volante queriendo volver a casa. Uno se cruza ante otro por ganarle un metro al reloj y el sobrepasado, amparado tras la estructura metálica de su vehículo, le recuerda que le pregunte a su madre si sabe quién es su padre.
Era de la comunicación incomunicada e inconexa, que nos mantiene a todos aislados. El aire acondicionado te consuela, mientras recuerdas lo hecho y lo que queda por hacer en ese día. Un día tengo que escribir de las mil y una poses que la gente usa al volante. Pero será otro día, cuando no tenga nada más que decir, o cuando por fin me apetezca acabar el monólogo que tantas veces he empezado en mi cabeza.
Era de la comunicación incomunicada e inconexa decía. Cuatro carriles completamente atascados y lo mismo en el otro sentido. No se ve donde acaban los coches y mucho menos donde empiezan. Estás completamente rodeado, pero estás solo. Nadie te mirará a través del cristal de su ventanilla, a no ser que quiera recriminarte algo o le llame la atención tu escote. No les culpo, yo hago lo mismo. Podrías llorar o morirte tras un ataque al corazón y sólo les preocuparía que no movieras el jodido coche. No les culpo, yo hago lo mismo. Se oye una sirena a lo lejos. Tardo unos segundos en dilucidar si es una ambulancia o la policía. Veo por el retrovisor que es la primera.
De pronto, todo cambia. Ya no hay máquinas y vuelven las personas. Volvemos a estar en línea y alguien aparece al otro lado. Aquella marabunta inamovible de vehículos sin alma, empieza a dispersarse hacía los lados. Se abre en dos el Mar Rojo de soledad que surcábamos, para dejar pasar a la ambulancia y dar una oportunidad y un motivo para no rendirse, a alguien a quién nunca conocerán.
Se aleja efímera la sirena y con ella, se cierra de nuevo el camino. Todo queda como estaba…, ¿o no?