reencuentro
Julio 21, 2008
Una sonrisa se asoma a su rostro y un brillo de antaño ilumina de nuevo sus ojos. A una indicación torpe sigue un sentarse precipitado, debatiéndose entre la timidez y la sorpresa. Un roce involuntario desencadena una descarga que recorre su espalda y una risa nerviosa trata de rebajar la tensión del ambiente.
Por fin, se apagan las luces y una conversación que no saben por dónde comenzar queda aplazada hasta el fin de los créditos. No gozan moverse ni un segundo antes de que se enciendan las luces del local, e incluso entonces parecen pegados a los asientos. Pero una vez iluminada la sala ya no tienen escapatoria.
-¿Qué vas a hacer ahora?-, se lanza ella.
-No se… debería de ir a descansar, pero nunca he sido demasiado sensato… ¿Te apetece tomar algo?
Y todavía con la saliva pasando con dificultad por su garganta, se sientan en una terraza. De nuevo la película les salva de hablar de lo que han sido sus vidas en esos años sin verse pero, poco a poco, la curiosidad vence al miedo y se ponen al día, casi al mismo tiempo que nace uno nuevo.
-Te llevo a casa, venga… – y tan despacio como les es posible, se encaminan hacia el coche.
Una vez en la calle de ella, una incoherente despedida que insiste en volver a verse brota de sus labios y abandona precipitadamente el coche. Busca las llaves, abre la puerta y, aunque sabe que él aún está esperando, entra sin decir nada. Una vez en el portal, para en seco y trata de calmar su corazón, sin dar la luz. “¿Por qué no le he besado?”, piensa.
Él continúa aparcado ante el portal de su casa, sin decidirse a poner el coche en marcha. “¿Por qué no la he besado?”, se pregunta. Está esperando que ella encienda la luz. Una parte de sí confía en verla salir del patio y acercarse al cristal de la ventanilla… pero no sale. De repente, abandona la esperanza y, de un modo precipitado, arranca.
Ella sale a la calle pero sólo acierta a ver las luces de su coche, al final de la calle.