Reloading
Octubre 12, 2008
Hoy vuelvo a despertar. El mundo llorando ahí fuera, ajeno a tus latidos. Han pasado muchos días, desde la última vez que toqué tus teclas con el propósito de crear. Trabajo, cambios, fotos y cualquier excusa para rehuir tu llamada. Acudo ahora sumiso, a enmendar mi ausencia de la única forma que sé.
Por aquí todo enredado. Crisis económica por la avaricia de los bancos y el gobierno dispuesto a solucionar el problema, dejándoles nuestro dinero, para que después los bancos puedan prestárnoslo. Y digo yo, por qué Zapatero no nos lo da directamente a nosotros y luego se lo prestamos a los bancos, tal y como ellos nos han enseñado a lo largo de los años…, a un buen interés. ¿No estaría mal no?
La tele cada vez me dice menos. De que no es porque siento que nos manipulan, es porque el menú que nos ofrecen, suele ser de pensamientos para llevar. Llevar a ninguna parte claro. Pero como esta vida no está exenta de ironía y la boca está para que te la cierren, he de confesar que entre tanta mediocridad, he terminado enganchándome a Pekín Express y Física y Química. El primero, porque en este mundo desconfiado e impersonal que hemos gestado conforme hemos ido evolucionando, me toca la fibra de lo humano el que gente que apenas tiene para vivir, acoja a completos desconocidos y les ofrezca transporte, alojamiento y comida…, a cambio de nada. Respecto al segundo, vale que yo estudié Químicas y que mi chica hizo Físicas, pero más allá de esa coincidencia, la única inexplicable razón que encuentro es que los personajes de Cova y Julio me recuerdan a mi relación. No son personajes principales en la trama y la verdad es que tampoco es que pueda decir que nos parezcamos ni nos identifiquemos con sus roles en la pareja. Simplemente que la suya, como la mía, es una historia bonita.
Nueva jefa, hipotecas y la vuelta a las letras, serán temas a tratar en cualquier otro bocado al tiempo.
arrugas
Octubre 7, 2008
Dos ancianos conversan en la acera. Observo su figura, sus manos que se mueven al compás de sus palabras. Miro sus brazos y su cuello, que son ahora un pellejo que recoge las carnes perdidas. Uno de ellos me mira distraído, a través del cristal. Él no me conoce pero yo recuerdo verle de niña, más alto e igual de flaco. En sus arrugas veo los años que han pasado, amontonados de golpe, uno junto a otro. El autobús arranca y me aleja de esa parada y de ese hombre del que no recuerdo el nombre.