Agonía del perdón

Noviembre 28, 2008

      – ¿Aburrida? – aquella morena de escándalo miraba a unos tipos que jugaban al billar, con el peligro escrito en los ojos y la condena grabada en su escote.

- Bueno – se dejó querer.

- ¿Puedo invitarte? – esa noche no habrían desafíos perdidos.

- ¿Sabes dónde te metes? – pareció darle una oportunidad.

- No – Hugo le sonrió insolente.

- Jack Daniels – aceptó encantada por su insensatez.

- Chica dura – le clavó una mirada felina.

- ¿Qué haces tío? – uno de los que jugaba la billar se acercó a la barra, con sus amigos a la espalda.

- Hablando, ¿no lo ves? – le ninguneó dándole la espalda y centrándose en ella.

- Dirás…, – le tiró del hombro para que le mirara – hablando con mi chica – quiso marcar el territorio.

- Como tú quieras, ¿pero te importa dejarnos? – aquella noche estaba claro que lo que Hugo buscaba no era sexo. Ella miraba expectante, rociada de miedo y excitación.

- No sabes donde te has metido – le escupió el fulano.

 

 

- ¿Quién es? – tras hacer caso omiso a dos llamadas, Elena sintió curiosidad, al reconocer en su móvil la melodía de un mensaje. “Estoy mal. Donde nosotros. Te necesito”. Le sorprendió que fuera él. Le sorprendió que escribiera todo, sin escamotear ninguna letra.  - ¿Es él?- Víctor le reconoció en el gesto de Elena.

- Sí – contestó como quién está a punto de decir algo que no va a sentar bien a quién lo escucha.

- Son las tres de la madrugada. ¿Qué quiere? – su nombre seguía escociéndole en el orgullo.

-  Quedar – si se había atrevido a decirlo, se atrevería a acudir a la cita.

- ¿Ahora? ¿Dónde? ¿No pensarás ir? – sentía que Elena se le desvanecía de las manos con sólo pensar en su nombre.

- Tengo que ir – empezó a vestirse.

- ¿Hasta cuando? – intentaba contener los celos.

- No empieces, por favor – aquella conversación ya la habían tenido infinidad de veces y nunca podría explicarle que cuando ella amaba a alguien, lo amaba para siempre.

- Te acompaño – comprendió que era una guerra perdida -. No voy a dejar que vayas sola a estas horas.

- Está bien – agradeció su ofrecimiento. Al fin y al cabo, hubo un tiempo en el que ellos fueron amigos.

“Donde nosotros”, había escrito. El parque permanecía perenne, con todos los recuerdos y descubrimientos que compartieron en su día. El primer paseo, el primer beso, el primer te quiero y cada de una de las lágrimas y risas derrochadas y ancladas como raíces a la tierra. Lo encontró en el árbol en el grabaron sus nombres, hacía ya casi diez años. Estaba sentado, apoyando la espalda en el tronco. Su cara y sus ropas estaban ensangrentadas. Víctor permaneció a unos metros, a la espera de que le invitaran a aquella complicidad secreta que tanto le costaba admitir.

- Has venido – su rostro a duras penas consiguió dibujar una sonrisa.

- ¿Qué ha pasado Hugo? – rompió la barrera física inicial e intentó limpiarle algo de sangre con un kleenex.

- Aún no te había pedido perdón – la desarmó a bocajarro, mostrándose vulnerable como un niño. Aquella era una conversación colgada en la lista de las cuentas pendientes, de toda gran historia de amor imposible.

Hacía tres años que habían emprendido caminos separados. Él se alejó de ella, hasta que Elena ya no pudo seguirle, creyendo que podría ser tan frío como para olvidarla sin más. No contó con que el hielo, también puede quemar.

- Ahora no – le había pillado por sorpresa – ¿Puedes andar? Debemos ir a un hospital – quiso reconducir la conversación.

- Desde que me fui, dejé de tener un lugar al que volver – el dolor físico no mitigaba el eco de sus miedos. Era la tercera pelea del mes, y más que purgar sus pecados esperaba perder en cada golpe, hasta el último gramo de la soledad que le hería por dentro -. Te dejé porque yo no podía hacerte feliz – el insistir en hurgar en aquella herida, hizo que a Elena se le suicidara una lágrima -. Me alegro de lo vuestro – le confesó entre susurros, sin que Víctor le oyera. A pesar de lo ocurrido, y aunque no dijera demasiado de él, era su mejor amigo, su único amigo, aquel que ahora vivía la vida que a él le hubiera gustado vivir -. Es así como debía ser.

- Víctor, ayúdame por favor – le llamó, sin que pudiera adivinar si lo hizo para que le ayudara a levantarlo, o para que la rescatara de aquel embrujo magnético que aquel hombre cosido a golpes y lejanía seguía desprendiendo.

huesos de aguacate

Noviembre 26, 2008

De pequeña me hacía ilusión que en casa compraran aguacates. No me gustaba cómo sabían. Mi única ambición era conseguir el hueso que encerraban. El iaio me decía que los huesos de aguacate eran mágicos y que podías enterrar con cada tres uno de tus deseos. Cuando la semilla germinaba, el sueño se cumplía. Cada vez que conseguía un hueso, lo guardaba en mi bolsillo y lo tocaba cada poco. Cuando tenía tres, el iaio hacía un pequeño hoyo con sus manos en la tierra y yo dejaba caer los huesos dentro y un papelito con mi deseo. Cada día, yo regaba la maceta con mucha agua. Al poco tiempo, el iaio me enseñaba cuánto había crecido mi plantita. Eso sí, ahora juraría que cada vez las hojas eran diferentes.

Perdido en ti

Noviembre 20, 2008

Bajo mi piel llevo tu tacto

Indeleble al tiempo

Inmortal a la soledad

Guardado hasta la próxima vez

Que mis manos vuelvan a recorrerte

Mi boca dormida en silencio

Anhelando que la vuelvas a tatuar

con el calor de tus besos

 

No quiero que me rescaten

No quiero que me despierten

No quiero  que me encuentren

Cuando me pierda en ti

 

Las olas que se acercan

No me asustan

Tú sabrás salvarme

De lo peor de mí

Tú sabrás recordarme

Lo que vale la pena

A tu lado el horizonte

Sólo es una línea imaginaria

 

Mi sangre es tuya

De cada gota

se escriben estos versos

Cada palabra, un beso de mi alma

Cada letra, un pálpito, un te amo

Niña, caerse en tus brazos

Y volver a olvidar

 

No quiero que me rescaten

No quiero que me despierten

No quiero  que me encuentren

Cuando me pierda en ti

 

Tumbados en la arena

Inventaremos el futuro

No más cuentos

No más melodías al oído

Ni escenario de estrellas

Quiero todo de ti

Poco no me basta

Solos tú y yo

Y el resto del mundo

Que siga girando

 

Deslizarse en tus ojos

Acariciar tu mano

Enloquecer en cada beso

Atrapar el hechizo

Perder el miedo a tocar

A pensar, a creer, a imaginar

 

No quiero que me rescaten

No quiero que me despierten

No quiero  que me encuentren

Cuando me pierda en ti

Hª de un final

Noviembre 20, 2008

- No sé quién eres, pero si piensas que voy a hablar estás listo – vio entrar a un tipo que no conocía. Era alto, con el pelo rapado y una barba de varios días perfectamente cuidada, en la que empezaban a entreverse las primeras canas. Vestía totalmente de negro. Chaqueta de cuero, suéter de cuello alto, pantalones de tela y zapatos también negros, que relucían como si fueran nuevos -. Los otros no han conseguido nada. ¿Qué te hace pensar que contigo será diferente? – su cara estaba ensangrentada y el derrame de su ojo izquierdo le empezaba a nublar la vista, pero no estaba dispuesto a mostrarle debilidad. Se iría a la tumba, sin decirles nada -. Ya has visto que lo de pegarme no ha funcionado – le enseñó sus credenciales intentando que su sonrisa fuera hiriente -. Ahora, ya sólo me quedan 7 dedos – levantó su mano derecha para que viera que no le mentía, con la intención de seguir restándole ideas -. Hace tanto que no duermo, que ni me acuerdo – le recordó que la privación del sueño tampoco le había ablandado -. Y si me electrocutas más – señaló el cubo de agua en el que le habían hecho meter sus pies desnudos -, dudo que pueda divertiros mucho más tiempo – ésa había sido la peor parte de todo aquello y su corazón estaba al límite.

Aquel tipo ni siquiera abrió la boca. Simplemente se limitaba a mirarle. Se había sentado al revés, apoyando los brazos en el respaldo de una silla y entrecruzando los dedos de las manos. Rob se preguntó cuál sería su historia. ¿Cuántas veces se habría sentado así delante de alguien? ¿A cuántos habrían condenado aquellos ojos negros, penetrantes, fríos y vacíos de emoción? Supo entonces, que aquel hombre sería su verdugo. Por primera vez en toda aquella inolvidable semana que llevaba retenido, a Rob se le estremeció el cuerpo.

- ¿Es así es como piensas intimidarme? – se obligó a reponerse a sus pensamientos -. ¿Vas a quedarte callado hasta que el silencio ensordecedor me reviente los tímpanos? – se burló en un alarde de valentía – No te voy a decir nada – le volvió a repetir, esforzándose por sonar firme y seguro.

- Si estoy aquí es porque esto ya no va de lo que vayas a contarles o no – la voz del desconocido se presentó escalofriantemente cálida -. Eso ya no importa.

- ¿Y entonces? – preguntó lamentando haber parecido demasiado impaciente.

- Esto va de cómo quieres morir – su tono fue cruel y calculado y su expresión volvió a endurecerse -. Rápido, si decides hablar y decirles lo que quieren saber, o lento, muy lento, si decides ser un héroe – dejó que fuera masticándolo en su cabeza.

- ¿Esperas que crea que antes me hubierais dejado con vida si os hubiese dicho dónde está Scott? – se mostró incrédulo.

- ¿Scott? Ni si quiera sé quién es – no estaba allí para continuar la labor de los que le habían precedido -. Desconozco cuáles eran antes las reglas del juego – estaba claro que le habían contratado expresamente para acabar con él.

Le vio rascarse la mejilla y percibió que tenía unas manos muy bonitas. Dedos largos y finos con la manicura muy cuidada, pero sin restarle fortaleza. Rob las imaginó manchadas de sangre, pero enseguida comprendió que aquel tipo era de los que usaban guantes. 

- Entonces, veamos lo que sabes hacer – se agarró a todo el orgullo que le quedaba, dispuesto a aguantar hasta el final.

- Perfecto. No esperaba menos de ti – pareció satisfecho -. Me habían dicho que eras un tipo duro – estaba dispuesto a comprobar cuánto -. Empezaremos mañana – le sorprendió impunemente, con una táctica quirúrgicamente estudiada. Con suma suavidad y delicadeza y mostrando de nuevo su pérfida sonrisa de cordialidad, se levantó de la silla. Solo había querido presentarse y esbozarle la nueva situación. Ahora, Rob tendría 24 horas para martirizarse pensando en cómo sería todo y cuándo acabaría.

- ¿Tienes un cigarro? – quiso vestirse de normalidad, ante el miedo que se había anclado en sus entrañas.

- No, no fumo. Deberías dejarlo. El tabaco mata – por su cara era difícil averiguar si aquello había pretendido ser un chiste.

- Ya – lo encajó sin gracia.

- Por cierto – se volvió a Rob, tras abrir la puerta de la habitación -. Mañana, el plato fuerte serán tu mujer y tu hija – su corazón apenas había aumentado sus pulsaciones, tras soltarle la frase que había venido a decirle.

- ¡Ellas no tienen nada que ver con esto! ¡Eres un cobarde hijo de puta! Como les pongas un dedo encima… – se dio cuenta de lo absurdo de su amenaza y de aquel tipo parecía deleitarse con su nerviosismo.

- Tienen que ver contigo y eso me vale – le contestó con severa contundencia -. El hombre puede aguantar gran cantidad de dolor, sobre todo cuando la causa es justa. Pero cuando ese dolor se infringe a alguien querido, todo cambia – estaba claro que no era una frase al azar y que a lo largo de los años había tenido la oportunidad de testarla -. Ya has demostrado que eres un buen amigo y por eso estás sentenciado. De ti depende que ellas también lo estén – cerró la puerta tras de sí, con el dulce sabor en la boca, de haberle asestado el primer golpe.

el otro día en la ventana entrevistaron a espido freire, que acaba de publicar un libro de cuentos. me quedé con ganas de encontrar más cosas de ella y hoy he mirado su web. hay cosas muy interesantes y me he parado a leer alguna de las columnas que publica en adn.

copio la que sigue porque de esto ya hemos hablado tú y yo… te suena?

CORAZONES ROTOS, ESPIDO FREIRE (ADN 17/10/08)

El martes pasado una señora me llamó la atención en el tren. Con un suspiro, se volvió hacia mí. Le pregunté si algo le molestaba, y me dijo que así era. Que no podría continuar escuchándome hablar por el móvil las cuatro horas que duraba el viaje. Enrojecí de vergüenza, porque si bien era cierto que había enlazado cuatro llamadas seguidas, creía haber hablado sin molestar a nadie, sin grandes excesos. La señora, no obstante, tenía razón. Debí haberme asomado a las plataformas. Me disculpé y así lo hice.

Ocurre siempre, si una mira con atención: en las estaciones de trenes, en el momento en el que el autobús se aleja, en los aeropuertos (esos lugares de maletines y de separaciones), en los bares en los que alguien se aleja llorando y otro paga la cuenta sin mirar al camarero. Si se levanta la mirada de los aterradores periódicos que hablan de bolsas que caen y de límites siempre fluctuantes para los ahorros europeos, o se aparta el móvil de la oreja, se interrumpe el flujo de la voz familiar que pide explicaciones o requiere que nos abriguemos, que hará frío, o si se cierra el libro o el ipod, están ahí.

Es algo terrible si somos testigos, vergonzoso si nos ocurre. De pronto, de cara a la ventanilla, con un esfuerzo casi doloroso por no molestar, porque no se note, alguien llora. No nos han enseñado a reaccionar a las lágrimas de los desconocidos. Casi siempre son mujeres, o a veces, niños, adolescentes que viajan solos y que se asustan, o ancianos con muchos años, y con dolores.

Ocurre siempre; y hay una pequeña grieta en el corazón de quien observa. Si se rompe ese espacio, si se pronuncia una palabra amable, si se conocen las historias ajenas, se diluye esa tristeza. Quienes son felices pueden, al menos, ofrecer ese consuelo en los momentos de pena. Pueden cargar sobre sus hombros parte del horror que atenaza a quienes no saben cómo lidiar con las emociones. Lo sabemos las que hemos llorado en aeropuertos, avergonzadas, quienes hemos agradecido un pañuelo o una pregunta. Quien sabe, da.