el momento

Febrero 5, 2009

Fue tan solo un momento, un instante breve… y Sergio se atrevió. Sus dedos rozaron el rostro distraído de Sandra y una sonrisa azorada cruzó su mirada. El calor de su mejilla le dio el valor que necesitaba. Respiró hondo y cogió la barbilla de ella. Los dos avanzaron sus labios.

a los sesenta…

Febrero 1, 2009

Cuando recién cumplí las primeras horas de casado fui consciente de dónde me había metido. Sin pensarlo, estaba casado con una mujer estupenda y yo sólo deseaba desaparecer. La tapadera, que me había parecido tan buena idea, se había transformado en una losa que me enterraba. La sensación de ahogo fue en aumento y acabé enfermando, así que suspendimos el viaje de novios. Mi mujer se desvivía en atenciones, pendiente de mí, lo que agravaba mi mal. Aproveché para refugiarme en la cama y la fiebre me ayudó a no dar explicaciones. En mis delirios de esas primeras noches, soñé una y otra vez con mis compañeros de infancia.

Crecí en un internado y casi 50 chicos dormíamos en el mismo cuarto. Dicen que las amistades de los primeros años son las más intensas… y es cierto. En la litera contigua mi amigo Juan, que se quedó a trabajar en Toledo y de allí marchó, años después, a Madrid. No se casó y vivió la vida que yo no me atreví. Al otro lado, Mariano, que era un año mayor que yo pero repitió un curso. Se hizo policía nacional y sacó destino en País Vasco… cinco años después decidió dejarlo, se volvió al pueblo y se casó. Paco era mi mejor amigo pero no lo sabía todo de mí. Y el que invade una y otra vez mis sueños es Juan…

En cuanto caía en duermevela, me rodeaba con sus brazos y le oía susurrarme “pobrecito, mi amor, pobrecito… yo te cuidaré…”, acariciaba mi cabeza y me besaba la frente. Abría los ojos y allí estaba Luisa, comprobando mi temperatura con ternura. Yo volvía a cerrar los ojos, tratando inútilmente de reencontrar a Juan. Cansado de verlo desaparecer, decidí levantarme e ir a buscarlo.

A los sesenta, las cosas ya no son tan complicadas. Estoy viudo y mis hijos ya son mayores, así que cada uno hace su vida y nos vemos poco. Yo he empezado a viajar mucho y me reúno con Juan cada varias semanas y, a veces, viajamos juntos. Él también vive solo. Tuvo una relación de casi 15 años, hasta que un día se dio cuenta de que ya no amaba a Luis. Entonces rompió con él y cambió de casa.

El perdedor

Enero 17, 2009

Si hoy no volviera a salir el sol

Si el cielo dejara de ser azul

Si a este vaso aún le quedara un trago

Yo seguiría siendo el mismo

El mismo retrato de dolor y llanto

Que juega a esconder las heridas

Cuando me acuerdo de ti.

 

Si fueras la primera

Te diría que te fueras

Pero cuando los huesos empiezan a doler

Y las arrugas juegan con tu piel

Despertar sólo es una condena

No te mentiré

A mis espaldas sólo he dejado

Un reguero de soledad

Cuando estoy sereno me digo

Que soy incapaz de amar

 

Nena, aquí estoy con todo lo que soy

Despojado de mentiras o cuentos de hadas

Úsame hasta que te canses

Hasta que ya no quede nada de mí

Y después no mires atrás

 

Sabes, tuve una hija

Una hija a la que no veo

Me borré del mapa

Cuando era todo su mundo

Salí para no volver

Porque siempre quise volar

Y pensaba que cuatro paredes

Bien podían ser una cárcel

Ahora su odio, su ausencia

Es lo único que se enrosca en mis entrañas

Es lo único que las lágrimas

Ya no pueden arrastrar

 

Hace frío, lo sé

Me quedaré en la puerta cuando te vayas

Mirando lo que te lleves

Anhelando lo que podría tener

Aún es pronto,  espera un poco

La noche seguirá ahí fuera

Cuando te suplique una vez más

Es la última vez que divago

La última vez que reconozco

Que soy un perdedor

 

Nena, aquí estoy con todo lo que soy

Despojado de mentiras o cuentos de hadas

Úsame hasta que te canses

Hasta que ya no quede nada de mí

Y después no mires atrás

Agonía del perdón

Noviembre 28, 2008

      – ¿Aburrida? – aquella morena de escándalo miraba a unos tipos que jugaban al billar, con el peligro escrito en los ojos y la condena grabada en su escote.

- Bueno – se dejó querer.

- ¿Puedo invitarte? – esa noche no habrían desafíos perdidos.

- ¿Sabes dónde te metes? – pareció darle una oportunidad.

- No – Hugo le sonrió insolente.

- Jack Daniels – aceptó encantada por su insensatez.

- Chica dura – le clavó una mirada felina.

- ¿Qué haces tío? – uno de los que jugaba la billar se acercó a la barra, con sus amigos a la espalda.

- Hablando, ¿no lo ves? – le ninguneó dándole la espalda y centrándose en ella.

- Dirás…, – le tiró del hombro para que le mirara – hablando con mi chica – quiso marcar el territorio.

- Como tú quieras, ¿pero te importa dejarnos? – aquella noche estaba claro que lo que Hugo buscaba no era sexo. Ella miraba expectante, rociada de miedo y excitación.

- No sabes donde te has metido – le escupió el fulano.

 

 

- ¿Quién es? – tras hacer caso omiso a dos llamadas, Elena sintió curiosidad, al reconocer en su móvil la melodía de un mensaje. “Estoy mal. Donde nosotros. Te necesito”. Le sorprendió que fuera él. Le sorprendió que escribiera todo, sin escamotear ninguna letra.  - ¿Es él?- Víctor le reconoció en el gesto de Elena.

- Sí – contestó como quién está a punto de decir algo que no va a sentar bien a quién lo escucha.

- Son las tres de la madrugada. ¿Qué quiere? – su nombre seguía escociéndole en el orgullo.

-  Quedar – si se había atrevido a decirlo, se atrevería a acudir a la cita.

- ¿Ahora? ¿Dónde? ¿No pensarás ir? – sentía que Elena se le desvanecía de las manos con sólo pensar en su nombre.

- Tengo que ir – empezó a vestirse.

- ¿Hasta cuando? – intentaba contener los celos.

- No empieces, por favor – aquella conversación ya la habían tenido infinidad de veces y nunca podría explicarle que cuando ella amaba a alguien, lo amaba para siempre.

- Te acompaño – comprendió que era una guerra perdida -. No voy a dejar que vayas sola a estas horas.

- Está bien – agradeció su ofrecimiento. Al fin y al cabo, hubo un tiempo en el que ellos fueron amigos.

“Donde nosotros”, había escrito. El parque permanecía perenne, con todos los recuerdos y descubrimientos que compartieron en su día. El primer paseo, el primer beso, el primer te quiero y cada de una de las lágrimas y risas derrochadas y ancladas como raíces a la tierra. Lo encontró en el árbol en el grabaron sus nombres, hacía ya casi diez años. Estaba sentado, apoyando la espalda en el tronco. Su cara y sus ropas estaban ensangrentadas. Víctor permaneció a unos metros, a la espera de que le invitaran a aquella complicidad secreta que tanto le costaba admitir.

- Has venido – su rostro a duras penas consiguió dibujar una sonrisa.

- ¿Qué ha pasado Hugo? – rompió la barrera física inicial e intentó limpiarle algo de sangre con un kleenex.

- Aún no te había pedido perdón – la desarmó a bocajarro, mostrándose vulnerable como un niño. Aquella era una conversación colgada en la lista de las cuentas pendientes, de toda gran historia de amor imposible.

Hacía tres años que habían emprendido caminos separados. Él se alejó de ella, hasta que Elena ya no pudo seguirle, creyendo que podría ser tan frío como para olvidarla sin más. No contó con que el hielo, también puede quemar.

- Ahora no – le había pillado por sorpresa – ¿Puedes andar? Debemos ir a un hospital – quiso reconducir la conversación.

- Desde que me fui, dejé de tener un lugar al que volver – el dolor físico no mitigaba el eco de sus miedos. Era la tercera pelea del mes, y más que purgar sus pecados esperaba perder en cada golpe, hasta el último gramo de la soledad que le hería por dentro -. Te dejé porque yo no podía hacerte feliz – el insistir en hurgar en aquella herida, hizo que a Elena se le suicidara una lágrima -. Me alegro de lo vuestro – le confesó entre susurros, sin que Víctor le oyera. A pesar de lo ocurrido, y aunque no dijera demasiado de él, era su mejor amigo, su único amigo, aquel que ahora vivía la vida que a él le hubiera gustado vivir -. Es así como debía ser.

- Víctor, ayúdame por favor – le llamó, sin que pudiera adivinar si lo hizo para que le ayudara a levantarlo, o para que la rescatara de aquel embrujo magnético que aquel hombre cosido a golpes y lejanía seguía desprendiendo.

huesos de aguacate

Noviembre 26, 2008

De pequeña me hacía ilusión que en casa compraran aguacates. No me gustaba cómo sabían. Mi única ambición era conseguir el hueso que encerraban. El iaio me decía que los huesos de aguacate eran mágicos y que podías enterrar con cada tres uno de tus deseos. Cuando la semilla germinaba, el sueño se cumplía. Cada vez que conseguía un hueso, lo guardaba en mi bolsillo y lo tocaba cada poco. Cuando tenía tres, el iaio hacía un pequeño hoyo con sus manos en la tierra y yo dejaba caer los huesos dentro y un papelito con mi deseo. Cada día, yo regaba la maceta con mucha agua. Al poco tiempo, el iaio me enseñaba cuánto había crecido mi plantita. Eso sí, ahora juraría que cada vez las hojas eran diferentes.

Perdido en ti

Noviembre 20, 2008

Bajo mi piel llevo tu tacto

Indeleble al tiempo

Inmortal a la soledad

Guardado hasta la próxima vez

Que mis manos vuelvan a recorrerte

Mi boca dormida en silencio

Anhelando que la vuelvas a tatuar

con el calor de tus besos

 

No quiero que me rescaten

No quiero que me despierten

No quiero  que me encuentren

Cuando me pierda en ti

 

Las olas que se acercan

No me asustan

Tú sabrás salvarme

De lo peor de mí

Tú sabrás recordarme

Lo que vale la pena

A tu lado el horizonte

Sólo es una línea imaginaria

 

Mi sangre es tuya

De cada gota

se escriben estos versos

Cada palabra, un beso de mi alma

Cada letra, un pálpito, un te amo

Niña, caerse en tus brazos

Y volver a olvidar

 

No quiero que me rescaten

No quiero que me despierten

No quiero  que me encuentren

Cuando me pierda en ti

 

Tumbados en la arena

Inventaremos el futuro

No más cuentos

No más melodías al oído

Ni escenario de estrellas

Quiero todo de ti

Poco no me basta

Solos tú y yo

Y el resto del mundo

Que siga girando

 

Deslizarse en tus ojos

Acariciar tu mano

Enloquecer en cada beso

Atrapar el hechizo

Perder el miedo a tocar

A pensar, a creer, a imaginar

 

No quiero que me rescaten

No quiero que me despierten

No quiero  que me encuentren

Cuando me pierda en ti

Hª de un final

Noviembre 20, 2008

- No sé quién eres, pero si piensas que voy a hablar estás listo – vio entrar a un tipo que no conocía. Era alto, con el pelo rapado y una barba de varios días perfectamente cuidada, en la que empezaban a entreverse las primeras canas. Vestía totalmente de negro. Chaqueta de cuero, suéter de cuello alto, pantalones de tela y zapatos también negros, que relucían como si fueran nuevos -. Los otros no han conseguido nada. ¿Qué te hace pensar que contigo será diferente? – su cara estaba ensangrentada y el derrame de su ojo izquierdo le empezaba a nublar la vista, pero no estaba dispuesto a mostrarle debilidad. Se iría a la tumba, sin decirles nada -. Ya has visto que lo de pegarme no ha funcionado – le enseñó sus credenciales intentando que su sonrisa fuera hiriente -. Ahora, ya sólo me quedan 7 dedos – levantó su mano derecha para que viera que no le mentía, con la intención de seguir restándole ideas -. Hace tanto que no duermo, que ni me acuerdo – le recordó que la privación del sueño tampoco le había ablandado -. Y si me electrocutas más – señaló el cubo de agua en el que le habían hecho meter sus pies desnudos -, dudo que pueda divertiros mucho más tiempo – ésa había sido la peor parte de todo aquello y su corazón estaba al límite.

Aquel tipo ni siquiera abrió la boca. Simplemente se limitaba a mirarle. Se había sentado al revés, apoyando los brazos en el respaldo de una silla y entrecruzando los dedos de las manos. Rob se preguntó cuál sería su historia. ¿Cuántas veces se habría sentado así delante de alguien? ¿A cuántos habrían condenado aquellos ojos negros, penetrantes, fríos y vacíos de emoción? Supo entonces, que aquel hombre sería su verdugo. Por primera vez en toda aquella inolvidable semana que llevaba retenido, a Rob se le estremeció el cuerpo.

- ¿Es así es como piensas intimidarme? – se obligó a reponerse a sus pensamientos -. ¿Vas a quedarte callado hasta que el silencio ensordecedor me reviente los tímpanos? – se burló en un alarde de valentía – No te voy a decir nada – le volvió a repetir, esforzándose por sonar firme y seguro.

- Si estoy aquí es porque esto ya no va de lo que vayas a contarles o no – la voz del desconocido se presentó escalofriantemente cálida -. Eso ya no importa.

- ¿Y entonces? – preguntó lamentando haber parecido demasiado impaciente.

- Esto va de cómo quieres morir – su tono fue cruel y calculado y su expresión volvió a endurecerse -. Rápido, si decides hablar y decirles lo que quieren saber, o lento, muy lento, si decides ser un héroe – dejó que fuera masticándolo en su cabeza.

- ¿Esperas que crea que antes me hubierais dejado con vida si os hubiese dicho dónde está Scott? – se mostró incrédulo.

- ¿Scott? Ni si quiera sé quién es – no estaba allí para continuar la labor de los que le habían precedido -. Desconozco cuáles eran antes las reglas del juego – estaba claro que le habían contratado expresamente para acabar con él.

Le vio rascarse la mejilla y percibió que tenía unas manos muy bonitas. Dedos largos y finos con la manicura muy cuidada, pero sin restarle fortaleza. Rob las imaginó manchadas de sangre, pero enseguida comprendió que aquel tipo era de los que usaban guantes. 

- Entonces, veamos lo que sabes hacer – se agarró a todo el orgullo que le quedaba, dispuesto a aguantar hasta el final.

- Perfecto. No esperaba menos de ti – pareció satisfecho -. Me habían dicho que eras un tipo duro – estaba dispuesto a comprobar cuánto -. Empezaremos mañana – le sorprendió impunemente, con una táctica quirúrgicamente estudiada. Con suma suavidad y delicadeza y mostrando de nuevo su pérfida sonrisa de cordialidad, se levantó de la silla. Solo había querido presentarse y esbozarle la nueva situación. Ahora, Rob tendría 24 horas para martirizarse pensando en cómo sería todo y cuándo acabaría.

- ¿Tienes un cigarro? – quiso vestirse de normalidad, ante el miedo que se había anclado en sus entrañas.

- No, no fumo. Deberías dejarlo. El tabaco mata – por su cara era difícil averiguar si aquello había pretendido ser un chiste.

- Ya – lo encajó sin gracia.

- Por cierto – se volvió a Rob, tras abrir la puerta de la habitación -. Mañana, el plato fuerte serán tu mujer y tu hija – su corazón apenas había aumentado sus pulsaciones, tras soltarle la frase que había venido a decirle.

- ¡Ellas no tienen nada que ver con esto! ¡Eres un cobarde hijo de puta! Como les pongas un dedo encima… – se dio cuenta de lo absurdo de su amenaza y de aquel tipo parecía deleitarse con su nerviosismo.

- Tienen que ver contigo y eso me vale – le contestó con severa contundencia -. El hombre puede aguantar gran cantidad de dolor, sobre todo cuando la causa es justa. Pero cuando ese dolor se infringe a alguien querido, todo cambia – estaba claro que no era una frase al azar y que a lo largo de los años había tenido la oportunidad de testarla -. Ya has demostrado que eres un buen amigo y por eso estás sentenciado. De ti depende que ellas también lo estén – cerró la puerta tras de sí, con el dulce sabor en la boca, de haberle asestado el primer golpe.

Reloading

Octubre 12, 2008

Hoy vuelvo a despertar. El mundo llorando ahí fuera, ajeno a tus latidos. Han pasado muchos días, desde la última vez que toqué tus teclas con el propósito de crear. Trabajo, cambios, fotos y cualquier excusa para rehuir tu llamada. Acudo ahora sumiso, a enmendar mi ausencia de la única forma que sé.

Por aquí todo enredado. Crisis económica por la avaricia de los bancos y el gobierno dispuesto a solucionar el problema, dejándoles nuestro dinero, para que después los bancos puedan prestárnoslo. Y digo yo, por qué Zapatero no nos lo da directamente a nosotros y luego se lo prestamos a los bancos, tal y como ellos nos han enseñado a lo largo de los años…, a un buen interés. ¿No estaría mal no?

La tele cada vez me dice menos. De que no es porque siento que nos manipulan, es porque el menú que nos ofrecen, suele ser de pensamientos para llevar. Llevar a ninguna parte claro. Pero como esta vida no está exenta de ironía y la boca está para que te la cierren, he de confesar que entre tanta mediocridad, he terminado enganchándome a Pekín Express y Física y Química. El primero, porque en este mundo desconfiado e impersonal que hemos gestado conforme hemos ido evolucionando, me toca la fibra de lo humano el que gente que apenas tiene para vivir, acoja a completos desconocidos y les ofrezca transporte, alojamiento y comida…, a cambio de nada. Respecto al segundo, vale que yo estudié Químicas y que mi chica hizo Físicas, pero más allá de esa coincidencia, la única inexplicable razón que encuentro es que los personajes de Cova y Julio me recuerdan a mi relación. No son personajes principales en la trama y la verdad es que tampoco es que pueda decir que nos parezcamos ni nos identifiquemos con sus roles en la pareja. Simplemente que la suya, como la mía, es una historia bonita.

Nueva jefa, hipotecas y la vuelta a las letras, serán temas a tratar en cualquier otro bocado al tiempo.

 

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zapatos nuevos

Septiembre 8, 2008

Ocho centímetros. Nunca antes Lucía había subido tan alto ni se había sentido más femenina. ¡Aquellos zapatos le hacían unas piernas tan bonitas!

-¿Cómo le van?

-Me gustan mucho -sonrió al dependiente.

-Son estupendos y muy cómodos. Están también en marrón y negro, por si se los quiere probar.

-No, no, me gusta este color… ¡me encanta el rojo!

-Muy bien… Si me los da…

-Me los llevo puestos -y Lucía le entregó sus viejos mocasines sin darle tiempo a responder- ¿puede tirarlos?

-¿Cómo?

-Si puede tirar usted estos viejos zapatos. Por favor.

El vendedor asintió con una sonrisa asomando en la comisura de sus labios. Dejó los mocasines bajo el mostrador y le cobró los zapatos rojos, justo cuando una pareja entraba en la tienda.

-Luis, mira éstos – dijo la chica.

Lucía no pudo evitar un amago de giro hacia la voz pero se controló antes de responder. Su mirada se cruzó con la de la chica, quien la miró extrañada. Al momento, volvió a dirigirse a su novio, sandalias en mano. Lucía sonrió para sí misma y se prometió que era la última vez que respondía a aquel nombre. 33 años habían sido suficientes.

llueve

Agosto 19, 2008

“Asunto: llueve

De: la.bruja.piruja@modelomail.com
Enviado: jueves, 24 de abril de 2008 20:57:08
Para: bz.zb@modelomail.com

Llueve. Y pienso en ti. No debería, lo sé, o, al menos, no así. Pero, en noches como ésta, con el mundo llorando en mi ventana, no puedo sino echarte de menos. Extraño tu voz, arropada por el tintineo del agua. También tu contacto cálido y el vaho en el cristal cuando hablabas a la oscuridad… ¿Llueve hoy en Bilbao? ¿Huele, como aquí, a tierra mojada? Te imagino refugiándote en los soportales, en los arcos y puentes de camino a casa, sin paraguas pero con tu capucha… Aún guardo la sudadera que te dejaste. Ya no tiene tu olor pero sigue siendo tuya. Intenté devolvértela. Una vez, incluso, llegué casi a enviarla pero me arrepentí en la puerta de correos y volví a casa, paquete en mano. Estuvo tiempo y tiempo en esa misma caja hasta que un día como hoy, en que tu ausencia me dolía demasiado, abrí la caja y robé tu abrazo. En ese momento supe que no te la devolvería nunca. Aquí sigue. Lástima que sólo sea una prenda y no tú quien me acompañe… Me conformaría con saber que, de tanto en tanto, me recuerdas y sonríes, incluso que llegas a echarme de menos, aunque sea un poco, y que en algún momento de estos largos años has sentido la necesidad de oír mi voz, de verme o saber de mí… Es demasiado pedir, lo sé. Sólo me queda soñar en el papel mientras dura la lluvia. Pero no me conformo. Quiero que vuelvas a saber qué sueño, qué pienso, qué siento… y que me dejes saberlo de ti. No me cansaré de intentarlo. Alicia.”

Borja acabó de leer el mensaje en la pantalla casi sin resuello. Inspiró profundamente y suspiró. Se echó hacia atrás en la silla y encendió un cigarro. Lo dejó en el cenicero después de un par de caladas y apagó la música que salía del ordenador. Sólo entonces volvió a leer el mensaje y le dio a responder. Pasó la mano por su pelo mojado al tiempo que se levantaba. La secó en el pantalón del chándal, antes de abrir su mochila y sacar la libreta que siempre llevaba encima. Buscó la última página escrita, la dejó sobre la mesa y se puso a teclear.

“Asunto: Re: llueve
De: bz.zb@modelomail.com
Enviado: jueves, 24 de abril de 2008 21:47:23
Para: la.bruja.piruja@modelomail.com

Transcribo a continuación las últimas palabras de mi cuaderno.

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¡Estoy empapado! Menos mal que no estás aquí porque si no seguiría todavía bajo la lluvia… Miento. Y es absurdo mentirme a mí mismo. Preferiría millones de veces estar aún mojándome contigo que solo en este café. No he conocido a nadie más que adore tanto la lluvia… Ya, ya sé que es absurdo ponerme a escribir en este cuaderno en lugar de tratar de llegar hasta ti pero ha pasado demasiado tiempo. Pero no puedo evitar recordarte… sobre todo cuando llueve como ahora, sin tregua, y sólo tengo un papel. Necesito un respiro para olvidarte pero no lo consigo… Pasearé de nuevo hasta el mar, como tantas veces hicimos. Lluvia y mar, todo agua, tan igual y tan distinta a la vez, como nosotros.

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Esto tiene que ser el comienzo de algo, al menos un reencuentro. No perdamos el contacto, por favor. Borja.”

Y antes de tener tiempo de arrepentirse, apretó el botón de enviar.