Jorge Eduardo Benavides, que se encarga del blog “Consignas para escritores” con la inestimable ayuda de Eva Valeije, impartirá un taller de escritura creativa en Valencia.
El mismo se celebrará del 7 al 11 de Septiembre de 2009, de 19.30 a 21.30 horas todos los días en las instalaciones de Fundación Cultural Carolina Torres.
C/ Rugat, 10 – 46021 Valencia – España
Tel: (+34) 96 378 57 94 – Fax: (+34) 96 336 07 49
www.carolinatorres.org – email: fundacion@carolinatorres.org

El precio por persona es de 190€ y hay un máximo de 15 plazas, así que los y las interesadas daos prisa en formalizar vuestra inscripción, aunque quede mucho tiempo.

Hace unos meses, Jorge y Eva tuvieron la generosidad de reunirnos en una jornada festiva y mágica en la que transformaron a conocid@s virtuales en amig@s reales… La sesión de taller en sí fue muy intensa y, aunque breve, desgranó los aspectos más básicos de todo narrador… y tod@s quedamos con ganas de más!
Ahora, gracias al esfuerzo de José Luis, uno de esos participantes, disfrutaremos de un taller semanal que os recomiendo por experiencia propia.

una vieja postal

Enero 26, 2009

Miguel firmó la prejubilación hace unos meses pero continúa yendo a la universidad cada día. Ha hecho de la biblioteca su despacho y de sala de reuniones utiliza la cafetería. Allí le visitan antiguos alumnos y compañeros mientras él revisa una fórmula de cálculo que empezó en su doctorado.

Una tarde, a última hora, está apurando una cerveza en el bar y la chica de la barra le invita a marcharse. En la mesa contigua, una estudiante teclea absorta en su portátil. El pelo muy corto y un pañuelo de seda alrededor del cuello. La camarera repite “señorita” varias veces pero ella no reacciona hasta que le golpea suavemente en el hombro. La joven sonríe azorada y se disculpa. El profesor también sonríe, sorprendido por su concentración.

Unos días después, al llegar a la biblioteca encuentra ocupado el lugar en que suele sentarse. Sobre la mesa, una nota escrita a mano y un pañuelo de seda. Se sienta en el casillero de la derecha y espera, intrigado, a ver quién llega. Dos horas después aún no ha aparecido nadie. Se excusa a sí mismo diciendo que es la hora del café y, ya que pasa, mira de reojo la nota. Letra menuda y picuda, como la suya, sello y matasellos: una postal vieja. Acerca la mano lentamente al tiempo que mira alrededor, y da la vuelta a la postal: la biblioteca de Alejandría. Recuerda un viaje de estudios, casi 30 años atrás y amaga una sonrisa, aunque deja el gesto a medias. Él había enviado una postal como aquélla…

Vence el pudor que le produce leer un texto que no se dirige a él y gira la tarjeta: “Biblioteca de Alejandría, 1 de abril de 1971″. Sus labios forman un “oh” mudo… Al final del texto, una firma conocida: Miguel, y una simple línea bajo el nombre.

Agonía del perdón

Noviembre 28, 2008

      – ¿Aburrida? – aquella morena de escándalo miraba a unos tipos que jugaban al billar, con el peligro escrito en los ojos y la condena grabada en su escote.

- Bueno – se dejó querer.

- ¿Puedo invitarte? – esa noche no habrían desafíos perdidos.

- ¿Sabes dónde te metes? – pareció darle una oportunidad.

- No – Hugo le sonrió insolente.

- Jack Daniels – aceptó encantada por su insensatez.

- Chica dura – le clavó una mirada felina.

- ¿Qué haces tío? – uno de los que jugaba la billar se acercó a la barra, con sus amigos a la espalda.

- Hablando, ¿no lo ves? – le ninguneó dándole la espalda y centrándose en ella.

- Dirás…, – le tiró del hombro para que le mirara – hablando con mi chica – quiso marcar el territorio.

- Como tú quieras, ¿pero te importa dejarnos? – aquella noche estaba claro que lo que Hugo buscaba no era sexo. Ella miraba expectante, rociada de miedo y excitación.

- No sabes donde te has metido – le escupió el fulano.

 

 

- ¿Quién es? – tras hacer caso omiso a dos llamadas, Elena sintió curiosidad, al reconocer en su móvil la melodía de un mensaje. “Estoy mal. Donde nosotros. Te necesito”. Le sorprendió que fuera él. Le sorprendió que escribiera todo, sin escamotear ninguna letra.  - ¿Es él?- Víctor le reconoció en el gesto de Elena.

- Sí – contestó como quién está a punto de decir algo que no va a sentar bien a quién lo escucha.

- Son las tres de la madrugada. ¿Qué quiere? – su nombre seguía escociéndole en el orgullo.

-  Quedar – si se había atrevido a decirlo, se atrevería a acudir a la cita.

- ¿Ahora? ¿Dónde? ¿No pensarás ir? – sentía que Elena se le desvanecía de las manos con sólo pensar en su nombre.

- Tengo que ir – empezó a vestirse.

- ¿Hasta cuando? – intentaba contener los celos.

- No empieces, por favor – aquella conversación ya la habían tenido infinidad de veces y nunca podría explicarle que cuando ella amaba a alguien, lo amaba para siempre.

- Te acompaño – comprendió que era una guerra perdida -. No voy a dejar que vayas sola a estas horas.

- Está bien – agradeció su ofrecimiento. Al fin y al cabo, hubo un tiempo en el que ellos fueron amigos.

“Donde nosotros”, había escrito. El parque permanecía perenne, con todos los recuerdos y descubrimientos que compartieron en su día. El primer paseo, el primer beso, el primer te quiero y cada de una de las lágrimas y risas derrochadas y ancladas como raíces a la tierra. Lo encontró en el árbol en el grabaron sus nombres, hacía ya casi diez años. Estaba sentado, apoyando la espalda en el tronco. Su cara y sus ropas estaban ensangrentadas. Víctor permaneció a unos metros, a la espera de que le invitaran a aquella complicidad secreta que tanto le costaba admitir.

- Has venido – su rostro a duras penas consiguió dibujar una sonrisa.

- ¿Qué ha pasado Hugo? – rompió la barrera física inicial e intentó limpiarle algo de sangre con un kleenex.

- Aún no te había pedido perdón – la desarmó a bocajarro, mostrándose vulnerable como un niño. Aquella era una conversación colgada en la lista de las cuentas pendientes, de toda gran historia de amor imposible.

Hacía tres años que habían emprendido caminos separados. Él se alejó de ella, hasta que Elena ya no pudo seguirle, creyendo que podría ser tan frío como para olvidarla sin más. No contó con que el hielo, también puede quemar.

- Ahora no – le había pillado por sorpresa – ¿Puedes andar? Debemos ir a un hospital – quiso reconducir la conversación.

- Desde que me fui, dejé de tener un lugar al que volver – el dolor físico no mitigaba el eco de sus miedos. Era la tercera pelea del mes, y más que purgar sus pecados esperaba perder en cada golpe, hasta el último gramo de la soledad que le hería por dentro -. Te dejé porque yo no podía hacerte feliz – el insistir en hurgar en aquella herida, hizo que a Elena se le suicidara una lágrima -. Me alegro de lo vuestro – le confesó entre susurros, sin que Víctor le oyera. A pesar de lo ocurrido, y aunque no dijera demasiado de él, era su mejor amigo, su único amigo, aquel que ahora vivía la vida que a él le hubiera gustado vivir -. Es así como debía ser.

- Víctor, ayúdame por favor – le llamó, sin que pudiera adivinar si lo hizo para que le ayudara a levantarlo, o para que la rescatara de aquel embrujo magnético que aquel hombre cosido a golpes y lejanía seguía desprendiendo.

Reloading

Octubre 12, 2008

Hoy vuelvo a despertar. El mundo llorando ahí fuera, ajeno a tus latidos. Han pasado muchos días, desde la última vez que toqué tus teclas con el propósito de crear. Trabajo, cambios, fotos y cualquier excusa para rehuir tu llamada. Acudo ahora sumiso, a enmendar mi ausencia de la única forma que sé.

Por aquí todo enredado. Crisis económica por la avaricia de los bancos y el gobierno dispuesto a solucionar el problema, dejándoles nuestro dinero, para que después los bancos puedan prestárnoslo. Y digo yo, por qué Zapatero no nos lo da directamente a nosotros y luego se lo prestamos a los bancos, tal y como ellos nos han enseñado a lo largo de los años…, a un buen interés. ¿No estaría mal no?

La tele cada vez me dice menos. De que no es porque siento que nos manipulan, es porque el menú que nos ofrecen, suele ser de pensamientos para llevar. Llevar a ninguna parte claro. Pero como esta vida no está exenta de ironía y la boca está para que te la cierren, he de confesar que entre tanta mediocridad, he terminado enganchándome a Pekín Express y Física y Química. El primero, porque en este mundo desconfiado e impersonal que hemos gestado conforme hemos ido evolucionando, me toca la fibra de lo humano el que gente que apenas tiene para vivir, acoja a completos desconocidos y les ofrezca transporte, alojamiento y comida…, a cambio de nada. Respecto al segundo, vale que yo estudié Químicas y que mi chica hizo Físicas, pero más allá de esa coincidencia, la única inexplicable razón que encuentro es que los personajes de Cova y Julio me recuerdan a mi relación. No son personajes principales en la trama y la verdad es que tampoco es que pueda decir que nos parezcamos ni nos identifiquemos con sus roles en la pareja. Simplemente que la suya, como la mía, es una historia bonita.

Nueva jefa, hipotecas y la vuelta a las letras, serán temas a tratar en cualquier otro bocado al tiempo.

 

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arrugas

Octubre 7, 2008

Dos ancianos conversan en la acera. Observo su figura, sus manos que se mueven al compás de sus palabras. Miro sus brazos y su cuello, que son ahora un pellejo que recoge las carnes perdidas. Uno de ellos me mira distraído, a través del cristal. Él no me conoce pero yo recuerdo verle de niña, más alto e igual de flaco. En sus arrugas veo los años que han pasado, amontonados de golpe, uno junto a otro. El autobús arranca y me aleja de esa parada y de ese hombre del que no recuerdo el nombre.  

envío urgente

Septiembre 16, 2008

Jueves, 9.37 horas. Autobús de línea. Me siento al lado de una mujer que habla por su teléfono móvil.

-…de mi mesa, en la segunda balda empezando por arriba, donde están los archivadores. En uno pone “pendientes”, ¿lo ves? Sí, ve hasta mi mesa… ¿Ya? Vale, te plantas justo delante de la estantería y si miras un poco hacia arriba, en la segunda balda… sí, la segunda empezando por arriba, sí… a la derecha, ¿ves los archivadores? ¿Sí? Vale, pues coge el que pone “pendientes”. Yo creo que el contrato que hay que enviar es de abril… me suena. Mira ese mes… o finales de marzo. No, no es complicado porque están ordenados por fecha y cada mes en un separador. De todos modos, a mí me quedan dos paradas… sí, sí, míralo si quieres… en ese archivador que tienes, seguro. ¿Yo? Pues poco, menos de cinco minutos… si ya te digo que faltan dos paradas, bueno, ahora sólo una… vale, pues déjalo y lo miro cuando llegue…

Sin dejar de hablar, la mujer se levanta y sale de la fila por delante de mí, pulsa el botón de solicitud de parada y se planta frente a la puerta del autobús.

-Hala, ya estoy en la puerta. Ahora nos vemos arriba… Sí, hasta ahora, hasta ahora.

Por la ventanilla la veo cerrar el teléfono aunque no lo guarda. Entra en un edificio de oficinas junto a la parada y la pierdo de vista. Ahora la imagino detrás de su mesa, plantada frente a la estantería, acercando su mano a la derecha de la segunda balda y cogiendo el archivador de pendientes. Pasa los separadores hasta abril, o quizá hasta marzo, y manda el contrato por fax con 5 minutos de retraso.

haciendo números

Agosto 31, 2008

Todos los papeles están amontonados encima de la mesa. La calculadora echa humo. Laura apoya los codos sobre la mesa y enlaza sus manos bajo la barbilla. También suspira.

Coge la cartilla de la mesa y pasa una página tras otra hasta llegar a la última impresa.

-Saldo anterior: -11,81.

“¡Otra vez números rojos! Adiós a los zapatos de Nuria, al menos hasta que llegue la paga de navidad. Y adiós a mis lentillas… tendré que seguir con mis gafas. Marcos tiene que ir al dentista, eso sí que no puede aplazarse. Luego llamaré a mi madre. Y esta semana, nada de fruta… menos mal que quedan yogures y un par de botes de piña.”

Laura se levanta, rotulador rojo en mano, y tacha el 27 en la hoja de octubre. Apaga la luz y se va a dormir.

Escribir

Agosto 5, 2008

“La única forma de conocer realmente a un escritor es a través del rastro de tinta que va dejando. La persona que uno cree ver no es más que un personaje hueco. La verdad se esconde siempre en la ficción”.

“Toda mi vida había sentido que las páginas que iba dejando a mi paso eran parte de mí. La gente normal trae hijos al mundo; los novelistas traemos libros”.

“No había nada en aquellas páginas que mereciesen otra cosa que el fuego y, sin embargo, no dejaban de ser sangre de mi sangre y no tenía el coraje de destruirlas”.

El juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón

juanín

Agosto 5, 2008

Una mañana como otra cualquiera. Me siento a esperar el autobús y mientras enciendo el ipod, paseo la mirada por la calle y me detengo, como tantos otros, en la obra de la acera de enfrente. Hay dos chicos trabajando. Uno de ellos se incorpora y queda plantado de cara a mí. “Juan”, le llama el otro. Le miro la cara y en un segundo dejo de ser la profesional preparada, segura y competente que ha aprendido a quererse. Juanín, el chulo, vuelve a tener frente a él a la adolescente insegura, flaca y sin tetas, blanco de sus burlas. Han pasado casi 20 años pero sigo sintiéndome expuesta como entonces, aunque ahora soy algo más segura, con más curvas y me he reconciliado con mi anatomía. O, al menos, eso creía yo antes de verle. Él también me ve y me mira. Unos segundos más de lo habitual delatan su reconocimiento. Aparto la vista de sus ojos cuando la suya ya bajaba por mi cuerpo. Ninguno de los dos dice nada pero él saca pecho y se arregla el pantalón antes de seguir trabajando.