Perdido en ti
Noviembre 20, 2008
Bajo mi piel llevo tu tacto
Indeleble al tiempo
Inmortal a la soledad
Guardado hasta la próxima vez
Que mis manos vuelvan a recorrerte
Mi boca dormida en silencio
Anhelando que la vuelvas a tatuar
con el calor de tus besos
No quiero que me rescaten
No quiero que me despierten
No quiero que me encuentren
Cuando me pierda en ti
Las olas que se acercan
No me asustan
Tú sabrás salvarme
De lo peor de mí
Tú sabrás recordarme
Lo que vale la pena
A tu lado el horizonte
Sólo es una línea imaginaria
Mi sangre es tuya
De cada gota
se escriben estos versos
Cada palabra, un beso de mi alma
Cada letra, un pálpito, un te amo
Niña, caerse en tus brazos
Y volver a olvidar
No quiero que me rescaten
No quiero que me despierten
No quiero que me encuentren
Cuando me pierda en ti
Tumbados en la arena
Inventaremos el futuro
No más cuentos
No más melodías al oído
Ni escenario de estrellas
Quiero todo de ti
Poco no me basta
Solos tú y yo
Y el resto del mundo
Que siga girando
Deslizarse en tus ojos
Acariciar tu mano
Enloquecer en cada beso
Atrapar el hechizo
Perder el miedo a tocar
A pensar, a creer, a imaginar
No quiero que me rescaten
No quiero que me despierten
No quiero que me encuentren
Cuando me pierda en ti
Hª de un final
Noviembre 20, 2008
- No sé quién eres, pero si piensas que voy a hablar estás listo – vio entrar a un tipo que no conocía. Era alto, con el pelo rapado y una barba de varios días perfectamente cuidada, en la que empezaban a entreverse las primeras canas. Vestía totalmente de negro. Chaqueta de cuero, suéter de cuello alto, pantalones de tela y zapatos también negros, que relucían como si fueran nuevos -. Los otros no han conseguido nada. ¿Qué te hace pensar que contigo será diferente? – su cara estaba ensangrentada y el derrame de su ojo izquierdo le empezaba a nublar la vista, pero no estaba dispuesto a mostrarle debilidad. Se iría a la tumba, sin decirles nada -. Ya has visto que lo de pegarme no ha funcionado – le enseñó sus credenciales intentando que su sonrisa fuera hiriente -. Ahora, ya sólo me quedan 7 dedos – levantó su mano derecha para que viera que no le mentía, con la intención de seguir restándole ideas -. Hace tanto que no duermo, que ni me acuerdo – le recordó que la privación del sueño tampoco le había ablandado -. Y si me electrocutas más – señaló el cubo de agua en el que le habían hecho meter sus pies desnudos -, dudo que pueda divertiros mucho más tiempo – ésa había sido la peor parte de todo aquello y su corazón estaba al límite.
Aquel tipo ni siquiera abrió la boca. Simplemente se limitaba a mirarle. Se había sentado al revés, apoyando los brazos en el respaldo de una silla y entrecruzando los dedos de las manos. Rob se preguntó cuál sería su historia. ¿Cuántas veces se habría sentado así delante de alguien? ¿A cuántos habrían condenado aquellos ojos negros, penetrantes, fríos y vacíos de emoción? Supo entonces, que aquel hombre sería su verdugo. Por primera vez en toda aquella inolvidable semana que llevaba retenido, a Rob se le estremeció el cuerpo.
- ¿Es así es como piensas intimidarme? – se obligó a reponerse a sus pensamientos -. ¿Vas a quedarte callado hasta que el silencio ensordecedor me reviente los tímpanos? – se burló en un alarde de valentía – No te voy a decir nada – le volvió a repetir, esforzándose por sonar firme y seguro.
- Si estoy aquí es porque esto ya no va de lo que vayas a contarles o no – la voz del desconocido se presentó escalofriantemente cálida -. Eso ya no importa.
- ¿Y entonces? – preguntó lamentando haber parecido demasiado impaciente.
- Esto va de cómo quieres morir – su tono fue cruel y calculado y su expresión volvió a endurecerse -. Rápido, si decides hablar y decirles lo que quieren saber, o lento, muy lento, si decides ser un héroe – dejó que fuera masticándolo en su cabeza.
- ¿Esperas que crea que antes me hubierais dejado con vida si os hubiese dicho dónde está Scott? – se mostró incrédulo.
- ¿Scott? Ni si quiera sé quién es – no estaba allí para continuar la labor de los que le habían precedido -. Desconozco cuáles eran antes las reglas del juego – estaba claro que le habían contratado expresamente para acabar con él.
Le vio rascarse la mejilla y percibió que tenía unas manos muy bonitas. Dedos largos y finos con la manicura muy cuidada, pero sin restarle fortaleza. Rob las imaginó manchadas de sangre, pero enseguida comprendió que aquel tipo era de los que usaban guantes.
- Entonces, veamos lo que sabes hacer – se agarró a todo el orgullo que le quedaba, dispuesto a aguantar hasta el final.
- Perfecto. No esperaba menos de ti – pareció satisfecho -. Me habían dicho que eras un tipo duro – estaba dispuesto a comprobar cuánto -. Empezaremos mañana – le sorprendió impunemente, con una táctica quirúrgicamente estudiada. Con suma suavidad y delicadeza y mostrando de nuevo su pérfida sonrisa de cordialidad, se levantó de la silla. Solo había querido presentarse y esbozarle la nueva situación. Ahora, Rob tendría 24 horas para martirizarse pensando en cómo sería todo y cuándo acabaría.
- ¿Tienes un cigarro? – quiso vestirse de normalidad, ante el miedo que se había anclado en sus entrañas.
- No, no fumo. Deberías dejarlo. El tabaco mata – por su cara era difícil averiguar si aquello había pretendido ser un chiste.
- Ya – lo encajó sin gracia.
- Por cierto – se volvió a Rob, tras abrir la puerta de la habitación -. Mañana, el plato fuerte serán tu mujer y tu hija – su corazón apenas había aumentado sus pulsaciones, tras soltarle la frase que había venido a decirle.
- ¡Ellas no tienen nada que ver con esto! ¡Eres un cobarde hijo de puta! Como les pongas un dedo encima… – se dio cuenta de lo absurdo de su amenaza y de aquel tipo parecía deleitarse con su nerviosismo.
- Tienen que ver contigo y eso me vale – le contestó con severa contundencia -. El hombre puede aguantar gran cantidad de dolor, sobre todo cuando la causa es justa. Pero cuando ese dolor se infringe a alguien querido, todo cambia – estaba claro que no era una frase al azar y que a lo largo de los años había tenido la oportunidad de testarla -. Ya has demostrado que eres un buen amigo y por eso estás sentenciado. De ti depende que ellas también lo estén – cerró la puerta tras de sí, con el dulce sabor en la boca, de haberle asestado el primer golpe.
gente desconocida a la que vemos llorar
Noviembre 13, 2008
el otro día en la ventana entrevistaron a espido freire, que acaba de publicar un libro de cuentos. me quedé con ganas de encontrar más cosas de ella y hoy he mirado su web. hay cosas muy interesantes y me he parado a leer alguna de las columnas que publica en adn.
copio la que sigue porque de esto ya hemos hablado tú y yo… te suena?
CORAZONES ROTOS, ESPIDO FREIRE (ADN 17/10/08)
El martes pasado una señora me llamó la atención en el tren. Con un suspiro, se volvió hacia mí. Le pregunté si algo le molestaba, y me dijo que así era. Que no podría continuar escuchándome hablar por el móvil las cuatro horas que duraba el viaje. Enrojecí de vergüenza, porque si bien era cierto que había enlazado cuatro llamadas seguidas, creía haber hablado sin molestar a nadie, sin grandes excesos. La señora, no obstante, tenía razón. Debí haberme asomado a las plataformas. Me disculpé y así lo hice.
Ocurre siempre, si una mira con atención: en las estaciones de trenes, en el momento en el que el autobús se aleja, en los aeropuertos (esos lugares de maletines y de separaciones), en los bares en los que alguien se aleja llorando y otro paga la cuenta sin mirar al camarero. Si se levanta la mirada de los aterradores periódicos que hablan de bolsas que caen y de límites siempre fluctuantes para los ahorros europeos, o se aparta el móvil de la oreja, se interrumpe el flujo de la voz familiar que pide explicaciones o requiere que nos abriguemos, que hará frío, o si se cierra el libro o el ipod, están ahí.
Es algo terrible si somos testigos, vergonzoso si nos ocurre. De pronto, de cara a la ventanilla, con un esfuerzo casi doloroso por no molestar, porque no se note, alguien llora. No nos han enseñado a reaccionar a las lágrimas de los desconocidos. Casi siempre son mujeres, o a veces, niños, adolescentes que viajan solos y que se asustan, o ancianos con muchos años, y con dolores.
Ocurre siempre; y hay una pequeña grieta en el corazón de quien observa. Si se rompe ese espacio, si se pronuncia una palabra amable, si se conocen las historias ajenas, se diluye esa tristeza. Quienes son felices pueden, al menos, ofrecer ese consuelo en los momentos de pena. Pueden cargar sobre sus hombros parte del horror que atenaza a quienes no saben cómo lidiar con las emociones. Lo sabemos las que hemos llorado en aeropuertos, avergonzadas, quienes hemos agradecido un pañuelo o una pregunta. Quien sabe, da.
Reloading
Octubre 12, 2008
Hoy vuelvo a despertar. El mundo llorando ahí fuera, ajeno a tus latidos. Han pasado muchos días, desde la última vez que toqué tus teclas con el propósito de crear. Trabajo, cambios, fotos y cualquier excusa para rehuir tu llamada. Acudo ahora sumiso, a enmendar mi ausencia de la única forma que sé.
Por aquí todo enredado. Crisis económica por la avaricia de los bancos y el gobierno dispuesto a solucionar el problema, dejándoles nuestro dinero, para que después los bancos puedan prestárnoslo. Y digo yo, por qué Zapatero no nos lo da directamente a nosotros y luego se lo prestamos a los bancos, tal y como ellos nos han enseñado a lo largo de los años…, a un buen interés. ¿No estaría mal no?
La tele cada vez me dice menos. De que no es porque siento que nos manipulan, es porque el menú que nos ofrecen, suele ser de pensamientos para llevar. Llevar a ninguna parte claro. Pero como esta vida no está exenta de ironía y la boca está para que te la cierren, he de confesar que entre tanta mediocridad, he terminado enganchándome a Pekín Express y Física y Química. El primero, porque en este mundo desconfiado e impersonal que hemos gestado conforme hemos ido evolucionando, me toca la fibra de lo humano el que gente que apenas tiene para vivir, acoja a completos desconocidos y les ofrezca transporte, alojamiento y comida…, a cambio de nada. Respecto al segundo, vale que yo estudié Químicas y que mi chica hizo Físicas, pero más allá de esa coincidencia, la única inexplicable razón que encuentro es que los personajes de Cova y Julio me recuerdan a mi relación. No son personajes principales en la trama y la verdad es que tampoco es que pueda decir que nos parezcamos ni nos identifiquemos con sus roles en la pareja. Simplemente que la suya, como la mía, es una historia bonita.
Nueva jefa, hipotecas y la vuelta a las letras, serán temas a tratar en cualquier otro bocado al tiempo.
arrugas
Octubre 7, 2008
Dos ancianos conversan en la acera. Observo su figura, sus manos que se mueven al compás de sus palabras. Miro sus brazos y su cuello, que son ahora un pellejo que recoge las carnes perdidas. Uno de ellos me mira distraído, a través del cristal. Él no me conoce pero yo recuerdo verle de niña, más alto e igual de flaco. En sus arrugas veo los años que han pasado, amontonados de golpe, uno junto a otro. El autobús arranca y me aleja de esa parada y de ese hombre del que no recuerdo el nombre.
envío urgente
Septiembre 16, 2008
Jueves, 9.37 horas. Autobús de línea. Me siento al lado de una mujer que habla por su teléfono móvil.
-…de mi mesa, en la segunda balda empezando por arriba, donde están los archivadores. En uno pone “pendientes”, ¿lo ves? Sí, ve hasta mi mesa… ¿Ya? Vale, te plantas justo delante de la estantería y si miras un poco hacia arriba, en la segunda balda… sí, la segunda empezando por arriba, sí… a la derecha, ¿ves los archivadores? ¿Sí? Vale, pues coge el que pone “pendientes”. Yo creo que el contrato que hay que enviar es de abril… me suena. Mira ese mes… o finales de marzo. No, no es complicado porque están ordenados por fecha y cada mes en un separador. De todos modos, a mí me quedan dos paradas… sí, sí, míralo si quieres… en ese archivador que tienes, seguro. ¿Yo? Pues poco, menos de cinco minutos… si ya te digo que faltan dos paradas, bueno, ahora sólo una… vale, pues déjalo y lo miro cuando llegue…
Sin dejar de hablar, la mujer se levanta y sale de la fila por delante de mí, pulsa el botón de solicitud de parada y se planta frente a la puerta del autobús.
-Hala, ya estoy en la puerta. Ahora nos vemos arriba… Sí, hasta ahora, hasta ahora.
Por la ventanilla la veo cerrar el teléfono aunque no lo guarda. Entra en un edificio de oficinas junto a la parada y la pierdo de vista. Ahora la imagino detrás de su mesa, plantada frente a la estantería, acercando su mano a la derecha de la segunda balda y cogiendo el archivador de pendientes. Pasa los separadores hasta abril, o quizá hasta marzo, y manda el contrato por fax con 5 minutos de retraso.
zapatos nuevos
Septiembre 8, 2008
Ocho centímetros. Nunca antes Lucía había subido tan alto ni se había sentido más femenina. ¡Aquellos zapatos le hacían unas piernas tan bonitas!
-¿Cómo le van?
-Me gustan mucho -sonrió al dependiente.
-Son estupendos y muy cómodos. Están también en marrón y negro, por si se los quiere probar.
-No, no, me gusta este color… ¡me encanta el rojo!
-Muy bien… Si me los da…
-Me los llevo puestos -y Lucía le entregó sus viejos mocasines sin darle tiempo a responder- ¿puede tirarlos?
-¿Cómo?
-Si puede tirar usted estos viejos zapatos. Por favor.
El vendedor asintió con una sonrisa asomando en la comisura de sus labios. Dejó los mocasines bajo el mostrador y le cobró los zapatos rojos, justo cuando una pareja entraba en la tienda.
-Luis, mira éstos – dijo la chica.
Lucía no pudo evitar un amago de giro hacia la voz pero se controló antes de responder. Su mirada se cruzó con la de la chica, quien la miró extrañada. Al momento, volvió a dirigirse a su novio, sandalias en mano. Lucía sonrió para sí misma y se prometió que era la última vez que respondía a aquel nombre. 33 años habían sido suficientes.
josé maría guelbenzu
Septiembre 6, 2008
hoy la tarde de trabajo es larga gracias a la selección que juega a las 22 horas, y mucha faena no hay, así que tengo tiempo de navegar por otros blogs. hoy estoy mirando los que tienen etiqueta de “libros” porque llevo unos días en que no acierto con lo que empiezo a leer.
acabo de encontrar la página de josé maría guelbenzu, autor al que tengo especial cariño. “Un peso en el mundo” (Alfaguara, 1999) fue uno de esos libros por los que se apuesta a ciegas y resultó un gran descubrimiento.
Dejo el enlace a su página porque igual algún otro de sus libros también puede atrapar.
haciendo números
Agosto 31, 2008
Todos los papeles están amontonados encima de la mesa. La calculadora echa humo. Laura apoya los codos sobre la mesa y enlaza sus manos bajo la barbilla. También suspira.
Coge la cartilla de la mesa y pasa una página tras otra hasta llegar a la última impresa.
-Saldo anterior: -11,81.
“¡Otra vez números rojos! Adiós a los zapatos de Nuria, al menos hasta que llegue la paga de navidad. Y adiós a mis lentillas… tendré que seguir con mis gafas. Marcos tiene que ir al dentista, eso sí que no puede aplazarse. Luego llamaré a mi madre. Y esta semana, nada de fruta… menos mal que quedan yogures y un par de botes de piña.”
Laura se levanta, rotulador rojo en mano, y tacha el 27 en la hoja de octubre. Apaga la luz y se va a dormir.
llueve
Agosto 19, 2008
“Asunto: llueve
De: la.bruja.piruja@modelomail.com
Enviado: jueves, 24 de abril de 2008 20:57:08
Para: bz.zb@modelomail.com
Llueve. Y pienso en ti. No debería, lo sé, o, al menos, no así. Pero, en noches como ésta, con el mundo llorando en mi ventana, no puedo sino echarte de menos. Extraño tu voz, arropada por el tintineo del agua. También tu contacto cálido y el vaho en el cristal cuando hablabas a la oscuridad… ¿Llueve hoy en Bilbao? ¿Huele, como aquí, a tierra mojada? Te imagino refugiándote en los soportales, en los arcos y puentes de camino a casa, sin paraguas pero con tu capucha… Aún guardo la sudadera que te dejaste. Ya no tiene tu olor pero sigue siendo tuya. Intenté devolvértela. Una vez, incluso, llegué casi a enviarla pero me arrepentí en la puerta de correos y volví a casa, paquete en mano. Estuvo tiempo y tiempo en esa misma caja hasta que un día como hoy, en que tu ausencia me dolía demasiado, abrí la caja y robé tu abrazo. En ese momento supe que no te la devolvería nunca. Aquí sigue. Lástima que sólo sea una prenda y no tú quien me acompañe… Me conformaría con saber que, de tanto en tanto, me recuerdas y sonríes, incluso que llegas a echarme de menos, aunque sea un poco, y que en algún momento de estos largos años has sentido la necesidad de oír mi voz, de verme o saber de mí… Es demasiado pedir, lo sé. Sólo me queda soñar en el papel mientras dura la lluvia. Pero no me conformo. Quiero que vuelvas a saber qué sueño, qué pienso, qué siento… y que me dejes saberlo de ti. No me cansaré de intentarlo. Alicia.”
Borja acabó de leer el mensaje en la pantalla casi sin resuello. Inspiró profundamente y suspiró. Se echó hacia atrás en la silla y encendió un cigarro. Lo dejó en el cenicero después de un par de caladas y apagó la música que salía del ordenador. Sólo entonces volvió a leer el mensaje y le dio a responder. Pasó la mano por su pelo mojado al tiempo que se levantaba. La secó en el pantalón del chándal, antes de abrir su mochila y sacar la libreta que siempre llevaba encima. Buscó la última página escrita, la dejó sobre la mesa y se puso a teclear.
“Asunto: Re: llueve
De: bz.zb@modelomail.com
Enviado: jueves, 24 de abril de 2008 21:47:23
Para: la.bruja.piruja@modelomail.com
Transcribo a continuación las últimas palabras de mi cuaderno.
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¡Estoy empapado! Menos mal que no estás aquí porque si no seguiría todavía bajo la lluvia… Miento. Y es absurdo mentirme a mí mismo. Preferiría millones de veces estar aún mojándome contigo que solo en este café. No he conocido a nadie más que adore tanto la lluvia… Ya, ya sé que es absurdo ponerme a escribir en este cuaderno en lugar de tratar de llegar hasta ti pero ha pasado demasiado tiempo. Pero no puedo evitar recordarte… sobre todo cuando llueve como ahora, sin tregua, y sólo tengo un papel. Necesito un respiro para olvidarte pero no lo consigo… Pasearé de nuevo hasta el mar, como tantas veces hicimos. Lluvia y mar, todo agua, tan igual y tan distinta a la vez, como nosotros.
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Esto tiene que ser el comienzo de algo, al menos un reencuentro. No perdamos el contacto, por favor. Borja.”
Y antes de tener tiempo de arrepentirse, apretó el botón de enviar.